Obsesión Patagónica

sábado, marzo 07, 2009

Cómo llegar a Melinka y no morir en el intento

Llegábamos a Puerto Montt bastante cascoteados, el volcán Lanín nos había echado a patadas a 400 metros de su cumbre y de regreso a la base recibimos una noticia demoledora: la travesía sobre la cara este del volcán -o sea, paso Tromen/lago Huechulafquen- aún no estaba habilitada para turistas. Brillante comienzo de vacaciones para Guille, Andy, Leandro, Sandra y yo. Sobre todo para Leandro, que había viajado exclusivamente para cumplir con estos dos objetivos.
Pero a Sandra y a mí nos quedaban dos semanas más de vacaciones para tratar de “enderezar la nave”, como diría el Bambino. Por lo pronto intentaríamos llegar hasta Melinka, un colorido pueblo de pescadores ubicado en el archipiélago de las Guaitecas, al sur de Chiloé.
Sin embargo, la mala suerte parecía seguir digitando nuestro destino. En Angelmó nos sacudieron con otra noticia desmoralizante: el “Don Baldo”, el barco que al día siguiente (martes) saldría de Quellón hacia Puerto Chacabuco con escala en Melinka, zarpaba completo. “Pero si hace un par de días consultamos en Internet y todavía no se había llenado ni la mitad”, le protestamos airadamente a las dos empleadas de la naviera. A pesar de sus pocas ganas de aclararnos dudas, alcanzamos a arrancarles dos datos: que estaban con problemas en el sistema (¡esa gran excusa para tapar miles de cagadas!) y que el miércoles tendríamos chances en una segunda barcaza. Algo es algo.
“Yo mañana iría igual para Quellón...”, me confesó Sandra mientras calmábamos penas clavándonos unos locos y jaivas en Angelmó. “...esas dos minas no sabían ni donde estaban paradas”, concluyó lapidaria. Aprobé la idea; si realmente no había lugar esperaríamos hasta el miércoles...
La cosa es que después de atravesar íntegra la ondulada geografía chilota arribamos con optimismo a Quellón. Aunque a decir verdad, ese martes para mí ya había arrancado mal. Y sí. A eso de las 3 o 4 de la mañana se me desfondó la cama del hospedaje y aterricé estruendosamente en el piso. Suerte que el episodio no ocurrió en una cama marinera porque podía haber terminado en homicidio. Gracioso y humillante.
Pero volvamos a Quellón. “La oficina abre a las 15 horas”, nos dijo alguien en la puerta de la naviera, ubicada en plena costanera. Eran las dos menos veinte y en “teoría” (recuerden esta palabrita) el barco zarpaba a las 16. “DON BALDO COMPLETO”, rezaba un cartel pegado sobre el vidrio y que confirmaba la versión recogida en Puerto Montt. Por supuesto no éramos los únicos que pretendíamos viajar ese día a la cada vez más lejana Melinka. Con el correr de los minutos fue creciendo una cola donde se mezclaban locales y gringos; donde se mezclaban los afortunados que tenían reservas y los que venían “a la pesca”. Diría que estos últimos éramos mayoría.
Abrieron las oficinas. “¡¡Entren sólo los que tienen pasaje reservado!!”, ordenó un sujeto con pinta de encargado. Las agujas del reloj seguían corriendo y afuera nos hacíamos de grandes amigos. Julio, Cristóbal y Moisés pegaron nuestra onda y se armó una divertida charla. Los dos primeros eran chicos de Santiago y Concepción y el último era un veterano poblador de Puerto Cisnes.
“¡Dicen que para mañana tampoco hay lugar!”, nos alarmó un mochilero que acababa de asomarse del congestionado local. Golpe de knock out. Significaba que no teníamos barcaza hasta la semana siguiente. O sea: había que volverse a Puerto Montt. Tachame Melinka, diría algún aficionado a la generala. “¡¡Alguien nos está lechuceando el viaje!!”, disparé yo con más rabia que sentido común. ¿Plan B?
Pero el secreto consistía en no desesperar porque todo iba cambiando de manera dinámica. “¡No entiendo nada, ahora están vendiendo para mañana!”, anunció alguien rato después, desmintiendo el rumor anterior. Empate agónico sobre la hora. Vuelta a la vida.
Pasajes en mano, con nuestros tres amigos chilenos nos fuimos a buscar hospedaje y luego a almorzar. El Don Baldo, a todo esto, postergaba su horario de salida para las 19. Versiones sobre versiones sobre versiones.
“¡¡¡¡Conseguí pasaje para hoooy!!!!”, exclamó eufórico Moisés, mientras el resto regresábamos de comprar mate y bombilla para ayudar a digerir la pichanga(1) que nos habíamos lastrado hacía poco menos de una hora. Y Moisés no parecía un hombre de hacer bromas. ¿Qué estaba pasando? No terminábamos de festejar el empate que nos daban un penal en el cuarto minuto de descuento. Salimos como tejo a ver si nos acompañaba la misma suerte.
¡Milagro! Había lugar. Una a favor. En contra: en el hospedaje no nos quisieron devolver la guita. Diez lucas a la basura pero ¿quién nos quitaba la alegría de saber que en un par de horas estaríamos camino a Melinka. ¿Dije un par de horas? Mmmm...
El embarque era en el muelle principal, justo frente a la naviera, de manera que solo hubo que cruzar la calle y pararse en la larga cola. El barco estaba allí, ocupando el centro de la bahía. Pero no tardamos en conocer la existencia de un nuevo e insospechado enemigo: la marea. ¿Cómo?
Lo explico más o menos así: el Don Baldo, además de seres humanos, transportaba también autos y camiones, y hasta que el mar no estuviese a la altura correspondiente no podía bajar ni subir nada que se moviera sobre ruedas. Por el calado. ¿Se entiende? “¿Y a qué hora se va a producir ese fenómeno?”, se nos ocurrió preguntar. “No antes de las 12 de la noche”, respondió una voz extraoficial. Bien. Me quedé pensando en qué ocuparía las 5 horitas que nos esperaban a bordo. ¿Tendrían free-shop? De lejos se alcanzaba a ver una especie de contrabando hormiga de personas que abandonaban el barco en una chalupa y eran cargadas otras. Personas sin auto, por supuesto.
“¿Y cuánto tarda hasta Melinka?”, pregunté con una sola intención. “Unas 4 horas”, me contestaron. Hice cálculos. Ponele que zarpara a las 12; ¡¡íbamos a llegar a las 4 de la mañana!! Recordé que alguien había dicho que los pobladores salían a recibir a los recién llegados para ofrecerles hospedaje. Sí, en horarios normales; ¿quién te va a venir a buscar de madrugada? ¡Ni los perros!(2).
“Señores, vamos a tener que embarcar en el muelle Conte”, avisó el encargado de la empresa a eso de las 8. “¿Y dónde queda eso?”, le preguntamos. “A unos 4 kilómetros de aquí”, respondió. ¡¡¿¿Queeeeé??!! “Tranquilos, la empresa los va a llevar en un bus”, aclaró para evitar un linchamiento seguro.
Todos al muelle Conte. Ya eran cerca de las 9 y cada tanto llovía.
En el muelle se armó la mateada postergada. Ya a esta altura nadie estaba seguro ni de cómo se llamaba. Quisimos refugiarnos en un enorme galpón pero nos echó la baranda a pescado. En medio de la negrura del mar se adivinaba la silueta del Don Baldo desplazándose desde su antiguo fondeo hasta donde lo aguardábamos. Comenzaban a llegar también autos y camiones. Con los chilenos ya éramos una gran familia. Cristóbal contó que se bajaría una “parada” después que nosotros, en Raúl Marín Balmaceda, Moisés lo haría en su pueblo y Julio seguiría hasta Puerto Chacabuco para llegar por tierra hasta Villa O’Higgins.
Embarcamos a eso de las 10. El Don Baldo apenas sobresalía del muelle, parecía estar apoyado en el fondo del mar. Adentro el salón estaba lleno; pero a no confundirse: muchos estaban esperando a la dichosa marea para agarrar sus autos y rajarse. Se mezclaban los pasajeros nuevos con los viejos.
Para entretenernos, en unas pantallas planas pasaban un recital de Shakira. Qué lindo. Dimos vueltas y vueltas por el barco hasta que aterricé en mi butaca y me venció el sueño. Sería la 1. El Don Baldo soltó amarras a las 3.
Me despabilé a eso de las 7. La nave estaba detenida y había mucho movimiento; intuí que habíamos llegado a Melinka. Intuí bien. Debíamos bajar a la bodega para desembarcar en chalupas. Otra vez la marea.
Salí medio boleado a la cubierta y, con los ojos hinchados -y emocionados-, observé cómo las primeras luces del nuevo día le daban forma a ese pueblo al que tanto deseábamos conocer. Era el epílogo de 24 disparatadas horas que difícilmente podamos olvidar por un buen tiempo.
(1) La pichanga es lo más parecido a nuestra clásica picada pero caliente. Trae pickles, papas fritas (muchísimas), trozos de carne y salchichas, mayonesa, aceitunas, pan en rebanadas, y alguna otra cosa que seguro me estoy olvidando. Ideal para hígados delicados.
(2) Finalmente no fue tan así. Apenas pisamos Melinka nos abarajaron dos inofensivos borrachos que nos recomendaron un hospedaje. No sé si era el mejor, pero nos atendieron de maravillas. $14.000.- incluyendo desayuno, almuerzo, once y cena.

martes, marzo 04, 2008

De los Andes al Pacífico parando en todas (incluye bonus track en El Bolsón)

Febrero de 2008. Este viaje arrancó con un trekking alrededor del volcán Puyehue, en Chile, siguió con un relajado recorrido en auto por gran parte de la Décima Región y finalizó con otra incursión -también mochila al hombro- por los refugios de El Bolsón, ya de regreso a Argentina. Para la primera etapa me acompañaban Sandra, Gaby, Guille y Leandro, para la segunda las dos chicas y para la última solamente Sandra. Suerte que no hubo una cuarta porque me quedaba más solo que loco malo. Aquí van algunas imágenes de un viaje que, por clima, compañías y objetivos cumplidos, salió redondito, redondito.


Breve esquema de nuestra travesía de 5 días en el volcán Puyehue. La dura trepada inicial hasta el refugio nos hizo transpirar más que testigo falso. Luego vino el ascenso hacia la cumbre, y el resto fue una caminata por un inmenso plateau volcánico que no presentó grandes desniveles. Las "exploraciones" fueron intentos frustrados de bajar al valle del río Nilahué para salir por el lago Ranco, una empresa condenada de antemano al fracaso, ya que un reciente temblor -eso nos dijeron antes de subir- había hecho estragos con la precaria senda. A quienes quieran conocer más detalles sobre este trekking los invito a leer el gracioso relato de mi amigo Leandro en su blog:
www.mundomcfly.blogspot.com/2008/02/expedicin-puyehue.html

Vista desde la cumbre del volcán Puyehue. A la derecha se ve parte del cráter y al fondo se aprecia la Cordillera del Caulle con sus ríos de lava solidificada. Vaya a saber qué extraño fenómeno del éter hizo que arriba tuviéramos señal de celular. No hace falta aclarar lo que hubiese hecho cualquier argentino en tal situación: al minuto de gritar "cumbre" llamados y SMS hicieron circular la noticia por el mundo entero. Un grupete de israelíes que había trepado con nosotros observaba impávido la escena. El Bambino hubiera dicho: "¡La cumbre parecía un locutorio!... ¡¡Una cosssa de locosss!!".

Guille y Leandro en un descanso bajando de la cumbre del volcán. Al fondo se ve el lago Puyehue y parte del valle del río Gol Gol, por donde se desplaza la ruta internacional que va de Villa La Angostura a Osorno.

Paisaje de dunas que domina el sector de Los Baños. Arroyos de agua a muy alta temperatura se mezclan con otros de agua fría formando pozones aptos para un relajante e inolvidable chapuzón. El guardaparque nos aseguró que el consumo de estas aguas favorecía la actividad intestinal. No fue mi caso, para sorpresa -y decepción- de mis compañeros.

Esta laguna seca está camino hacia Los Geisers y la llaman El Estadio. Si hacen el experimento de bajar a alguien hasta aquí en helicóptero y con los ojos vendados, lo último que pensaría es que está en la Patagonia.



Volviendo de Los Baños para rastrear la dichosa bajada hacia el lago Ranco. Al fondo se aprecia la cara norte del volcán Puyehue.

Archivadas las mochilas por unos días, con auto alquilado salimos a recorrer parte de la Décima Región. Como despedida del trekking, con Lean, Guille y las chicas fuimos a clavarnos unos marisquitos a Angelmó, en Puerto Montt. El gran hallazgo de ese día -además de sabrosos locos, centollas y jaivas- fue un pintoresco camino que une Frutillar con Puerto Octay bordeando el lago Llanquihue.


Cabecera oeste del lago Ríñihue. Hace casi medio siglo, este espejo fue protagonista de un episodio que pudo haber terminado en tragedia. A raíz del violento terremoto que sacudió a esta región en mayo de 1960, se formó sobre su desembocadura un taco de tierra que impedía la salida de agua. Detalle más grave aún teniendo en cuenta que este lago es receptor de todos sus vecinos: el Calafquén, el Panguipulli, el Pirehueico y hasta el Lácar. El nivel comenzó a subir y el temor era uno solo: que el taco cediera y en cuestión de horas las aguas arrasaran con todo a su paso y terminaran borrando del mapa a la ciudad de Valdivia. Con gran esfuerzo centenares de hombres fueron abriendo canales artificiales y evitaron el desastre.

Playa de Puerto Fuy, en el lago Pirehueico. El lago es cruzado diariamente por una barcaza que deja a los vehículos a 16 de kilómetros del paso Hua Hum, "al tiro" de San Martín de los Andes. Aquí pasamos la noche luego de dejar atrás Panguipulli y bordear todo el lago homónimo.

Vista del volcán Villarrica desde el pueblo de Pucón, lo "top de lo top" del sur de Chile. Nuestro pequeño autito se abrió paso entre monstruosas 4 x 4 que no habíamos visto en ninguna otra parte.

Pueblo de Queule, ubicado en una caleta a orillas del océano Pacífico. Aquí dormimos en unas cabañitas a 6 lucas la noche (1 dolar=470 pesos chilenos), con televisor y baño privado. Una ganga. En realidad, sabiendo moverse y buscando precios, no es caro vacacionar en esta parte de Chile. Hasta el alquiler del auto nos resultó más barato que en Argentina. Donde nos abrocharon, en cambio, fue con la nafta (1 litro=635 pesos=1,35 dolar).


Llegando a Mehuín, otro pueblito costero ubicado al sur de Queule. Los 6 kilómetros que separan a ambos son una sucesión de hermosas caletas que se contemplan desde lo alto de los acantilados. El día anterior habíamos llegado justo para ver la puesta de sol sobre el mar. Qué lujo

Costanera de Mehuín. El cartel de la foto está relacionado con el episodio del lago Riñihue. Aquel terremoto que tuvo como epicentro a la ciudad de Valdivia originó minutos después dos maremotos consecutivos que destruyeron casas, vidas y cambiaron la fisonomía de varios parajes costeros. Esto ocurrió hace 48 años, pero...


Pueblo de Llifén, sobre la costa oriental del lago Ranco. Después de recorrer infinidad de pueblos, generalmente uno hace un balance, y creo que este es uno de esos lugares donde elegiría quedarme unos días con amigos, una selección de CD's de soul y jazz y un champucito para descorchar durante cada atardecer. No pide nada, el tipo.
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Nuevamente la aventura y esta vez de la mano de la infatigable Sandrita. Este es un croquis de lo caminado en las montañas de El Bolsón.
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Imagen del glaciar Hielo Azul, al cual se llega después de patear unas 5 horas desde El Bolsón hasta el refugio, y a partir de éste un par de horitas más. Al igual que en Bariloche, los alrededores de El Bolsón están llenos de refugios para visitar y, al menos por donde anduvimos nosotros, las picadas estan excelentemente marcadas. Prolijos y creativos cartelitos señalan los tiempos de marcha y hasta dan palabras de ánimo para los caminantes más fisurados.


Alrededores del refugio Hielo Azul. Allí cobran 25 mangos la noche, con derecho a baño, duchas y uso de cocina y cacharros. También preparan comidas para aquellos que no quieran penar con pesados víveres en las mochilas. El lugar está muy copado y da para quedarse un par de días caminando o haciendo huevo bajo el sol.



Cajón del río Azul. Se llega bajando desde el Hielo Azul o directamente desde un camino vecinal en las afueras de El Bolsón. Allí también existe un refugio y es posible seguir internándose en el valle donde se encuentran dos refugios más.







Agradecimientos:
A Guillermo, por su férreo espíritu de equipo.
A Leandro, por su humor ácido y romper cada año su juramento de no cargar más una mochila.
A Gaby ("el Comuñe"), por conservar el sentido del humor aún durante sus ya clásicos "pistoneos".
A Sandra ("Sandora/Rambo"), por su aguante y sus permanentes -y esperados- furcios.


Al pequeño restaurant Haití, de Osorno, por darnos de morfar a un precio increíble (imperdibles las "pichangas").
A las chicas del hospedaje Kay Kaen, de Puerto Fuy, por su buena onda.
A Osvaldo Aillape, de Coñaripe, por solucionarnos un problema mecánico sin "asesinarnos
".

lunes, julio 16, 2007

El día que vivimos en peligro

Cuando regreso de algún viaje, la curiosidad de mis amigos y conocidos casi siempre hace foco en los eventuales riesgos de incursionar por la montaña. Y los hay; desde caer a un arroyo helado y sufrir un ataque de hipotermia, hasta quebrarse algún hueso en un lugar ubicado a 3 o 4 días de la civilización. Aunque debo confesar algo: paradójicamente la situación de mayor peligro no la viví en la montaña sino en el mar.


En todo viaje siempre quedan cuentas pendientes. Siempre. Culpa de la lluvia, del tiempo físico, de la guita, y qué sé yo de cuántas cosas más... Y el glaciar chileno Jorge Montt, que cae al mar desde el Hielo Continental Patagónico Sur, era una de ellas. Es que no se habían dado las condiciones para conocerlo durante mi primera visita a Caleta Tortel, en Febrero de 1999. Cinco veranos más tarde parecía que sí.
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La cita era bien temprano en el puerto de Tortel y la razón era simple: el glaciar Jorge Montt se encontraba a 5 largas horas de navegación, solamente de ida. Allí, junto a mis amigos Gabriela y Casimiro nos encontramos con el resto de los excursionistas, unos 1o u 11, contados así al voleo. Pero sus caras no eran de dicha sino de preocupación: el clima estaba medio fulero (mirándolo con un solo ojo) y había una familia que tenía flor de cagazo de salir.
Rápido de reflejos, el ayudante del capitán se arrimó hasta la Capitanía de Puerto a buscar algún dato tranquilizador. "No hay problema, nos autorizan a salir", lanzó con fingido entusiasmo para evitar la desbandada. No hubo caso; la temerosa familia no estaba dispuesta a subir ni a punta de pistola. Cuatro menos. El resto de los valientes -o suicidas- nos dirigimos no muy convencidos hacia el embarcadero.

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...Zarpamos. La vieja lancha de madera arrancó con claro rumbo sur y a bordo el clima era distendido. El pasaje estaba compuesto por un matrimonio de mediana edad con una nena de unos 12 años, otra pareja más joven, y una dupla de mujeres cincuentonas, bastante joviales y charlatanas. El único "camarote" era un precario cuchitril de 2 por 2 con bancos de madera, y estaba comunicado con la sala de comandos por un angosto pasadizo.
Las primeras 2 horas de navegación transcurrieron a través de canales relativamente calmos; la cosa se puso peliaguda al asomar la proa al Baker, un brazo de mar lo bastante ancho como para permitir que las olas y el viento se abusaran del pobre barquito. Y no recreaban precisamente la famosa canción de Donald. Hacía un frío de cagarse, ya a esta altura llovía, y era imposible moverse del camarote. Se imaginarán. Refugiados albaneses nos sentíamos.
El cruce del Baker se hacía eterno. Toda la ropa de abrigo más unas mantas de lana que habían por allí no daban abasto para amortiguar tanto frío. El encierro nos mareaba y cada tanto debíamos abrir la pesada escotilla de madera para que ingresara aire fresco. No demasiado porque venía con agua. Dulce y salada.
La moral a bordo descendía con la temperatura. El capitán timoneaba concentrado y su acompañante cada tanto nos dedicaba una extraña sonrisa. La chica del matrimonio más joven hizo un anuncio que provocó gracia y a la vez compasión: "tengo ganas de hacer pis, no aguanto más". La inquietud llegó a oídos del copiloto, quien sin perder su indescifrable sonrisa dijo lo que la chica no quería escuchar: el baño era la cubierta. Un dato casi pintoresco si no fuera porque la cubierta carecía de barandas, tenía solo 30 centímetros de ancho y se meneaba al ritmo de una comparsa. Resignada corrió la escotilla y partió rumbo a lo desconocido. Por 5 interminables minutos nadie supo si seguíamos siendo 10 los pasajeros o ya quedábamos 9. Al rato volvió congelada pero a salvo. Yo creo que después de un parto, la experiencia de mear colgada de un barco en plena tormenta va a ser lo segundo que recuerde esa chica como límite de sufrimiento en su vida.
Y es evidente que las mujeres nacieron para sufrir porque al ratito le agarraron ganas de hacer pis a Gaby. Tomó un par de consejitos de su antecesora y partió tambaleante a hacer su descarga al Baker.
Con Gaby nuevamente entre nosotros dejamos el ancho canal y nos acovachamos en el fiordo Calén, algo más angosto y por suerte más reparado. En realidad era una felicidad a medias sabiendo que de regreso lo deberíamos volver a cruzar. E interiormente sospechaba que iba a ser peor.
Al final de este fiordo se veía al glaciar Montt y a su suave entrada hacia el Hielo Continental. Nos acercamos lo que los témpanos permitieron y trepamos a uno de ellos para sacar fotos y hacer el brindis de rigor. El siniestro manto de nubes se desgajó para iluminar tímidamente el glaciar y se volvió a cerrar como advirtiendo: "muchachos, prepárense para lo peor". En una mochila llevábamos la viandita para el almuerzo, pero de mi parte no pensaba hincarle un solo diente; mi poca experiencia náutica me alcanzaba para saber que en medio del Baker, hasta con el sanguchito más pedorro mi estómago se daría vuelta como una media.
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Iniciamos la retirada. El ancho brazo de mar nos recibió más embravecido que antes y el pestito nos tomaba ahora de medio perfil. El rolido dejaba a ambas bandas casi adentro del agua y cada furioso golpe de las olas sobre esas maderas viejas nos hacía pensar en lo peor. El barquito no avanzaba ...¡¡¡y encima se había roto el timón!!! ¡¡¡Sí, creanló!!! El capitán corrió a popa para tratar de mantener el rumbo "a mano", mientras su ayudante quedaba en proa con la misión de chiflarle si aparecía "algo" digno de esquivar. Y siempre con esa misma inquietante sonrisa que mantuvo durante todo el viaje. Mi fantasía ya veía en él a un enviado del Diablo que nos estaba haciendo pagar por nuestros pecados en la Tierra. Las costas estaban a kilómetros, o sea que ante un eventual naufragio o vuelco nos esperaba la muerte segura por hipotermia. Eso sí, cada uno con su chaleco salvavidas para que flotasen los cadáveres. Mareado y todo celebré no haber probado bocado de aquella viandita. La que no celebró fue la niña, quien también sintió necesidad de hacer varias descargas en el Baker, pero lanzando otras cosas y por otro lado.
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La entrada a canal seguro significó literalmente nuestro regreso al mundo de los vivos. Se ve que ese día no nos necesitaban "arriba". La tarde caía y los resucitados ánimos apenas podían dominar el cansancio. Bien hubiese venido una nave extraterrestre que nos arrancara del agua y nos llevara volando a nuestro destino. Aun quedaban un par de horitas largas hasta Tortel, aunque, después de atravesar esa coctelera, aquello ya era como pasear un domingo soleado por el Delta.

jueves, marzo 08, 2007

Otro cruce de cordillera y van...

Febrero de 2007. El valle del río Cochamó, en la X Región de Chile, fue dejando de ser un misterio a partir de información que fui recopilando de algunos recovecos de Internet: un refugio para escaladores, pobladores amables... Hacia allí me mandé con Sandra, una amiga que hacía su debut en este duro oficio de cargar una mochila.
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No hay peor cosa para un trekker que ser sorprendido por la lluvia a mitad del sendero. Esto significa caminar mojados, cagados de frío, y pisando barro cuando no directamente hundiendo las patas en charcos color chocolate. Y juro que no daba la sensación de que se nos iba a caer el cielo encima cuando arrancamos, justo allí donde la ruta que bordea el estuario de Reloncaví cruza el río Cochamó. Pero era la cruel realidad.
El bello almuerzo que habíamos imaginado a orillas de un arroyo fue reemplazado por un lastimoso y desprolijo picnic debajo de un árbol que nos arrojaba más líquido que el cielo mismo. "No es siempre así", trataba de explicarle a Sandra, mientras gruesos gotones impactaban sobre las galletitas con atún. Si algo le sobraba a mi compañera antes de empezar la caminata era entusiasmo, y temía que se le estuviese escurriendo como el agua a través de la huella.
Luego de chapotear unas 7 horas siguiendo la margen norte del río Cochamó aparecimos por fin en La Junta, sitio donde el río del mismo nombre desemboca en el anterior. Hay quienes llaman a este lugar el "Yosemite Chileno", y no están tan errados; paredes de granito, algunas de hasta 1000 metros de desnivel, se alzan para donde uno mire. Es un paraíso de la escalada en roca y abundan los gringos. Una pareja -ella argentina y él norteamericano- se ha afincado con su pequeño hijo en esta bucólica pradera y ofrecen camping, comidas básicas, y un refugio rústico para cocinar y hacer sociales.
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Un amanecer gris pero sin lluvia nos alentó a seguir internándonos en el valle. El estado de la picada no había variado en absoluto: fango de todos los colores y charcos insalvables excepto en los tramos más críticos, donde se habían colocado listones. "Van a encontrar harta agua", nos advertían trágicamente los pocos que venían de frente. ¡¡¡Como si nosotros viniéramos del Desierto de Atacama, maldita sea!!! La vegetación en estos rincones de Chile es muy cerrada por lo que uno jamás se entera por donde carajo anda o si se perdió. En algunos lugares, la erosión causada por el paso de los caballos había dejado la huella a más de 2 metros de profundidad, lo que daba la sensación de estar entrando al más oscuro de los avernos.
Atrás dejamos a los ríos Traidor y Valverde, y cumplidas las 6 horas de marcha desde La Junta llegamos a El Arco, lugar donde el río homónimo se precipita en cascada por debajo de un arco de piedra, el cual tiene un alerce aferrado sobre él. A unos 200 metros después del río encontramos un refugio municipal con fogón y capacidad para unos cuantos cristianos durmiendo como vainillas.

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Nos despedimos de un par de grupos de chicos chilenos y pusimos proa a nuestro siguiente objetivo: el lago Vidal Gormaz.
En un sorprendente marco de coihues y alerces nos topamos con un cartel que señalaba la dirección correcta hacia el lago. Verlo era crucial; una pifiada nos mandaría a la Quebrada de los Morros, una vieja ruta llena de troncos caídos y posibilidades de extravío garantizadas.
Nuestra huella se disparó hacia arriba, con la consiguiente e inseparable trilogía formada por barro, agua y profundas carcavas. Ocurre que el Vidal pertenece a la cuenca del río Manso y debíamos atravesar un paso.
Por detrás de esta brecha descubrimos a una enorme y bella laguna y a dos más pequeñas. En la primera es posible acampar en caso de necesidad.
Abandonamos el sector de selva valdiviana e iniciamos el descenso hacia la cabecera norte del lago. El bosque era realmente hermoso y la huella más seca.
Desembocamos en una extensa pradera con corrales, un puñado de casas, y el lago como telón de fondo. Allí recibimos la bienvenida de Tito Bahamonde y su esposa Amandina Velázquez. Nos dieron asilo en un galpón y la patrona nos preparó la cena. Dentro de la casa conocimos a 4 caballeros de Osorno, quienes había llegado hasta el Vidal... ¡¡¡en ultralivianos!!!
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El lugar ameritaba un día de descanso y lo tomamos. El clima cambió favorablemente y, entre otras cosas, pudimos rasquetearnos la mugre de 3 días "bañándonos" en un arroyo. Charlamos sobre apariciones, sobre un supuesto "monstruo" que viviría en el lago, y por la tarde despedimos a una simpática familia de Puerto Montt, que había llegado a caballo desde el Camino de los Vuriloches. Durante ese día y medio Amandina fue como nuestra madre y nos sentimos súper halagados.
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Con pena dejamos a los Bahamonde y salimos a pelearle al cordón que separa al Vidal del valle de río León. También hubiésemos podido salir de allí bajando por el río Torrentoso y remontando luego el Manso, pero significaba uno o dos días más de marcha. Uno de los hijos del matrimonio -Augustito- nos había cargado las mochilas en la mula "Gaby" y, montado en su yegua "Granada", nos marcaba la ruta. Los tres perros de la familia encontraron interesante el paseo y se ofrecieron para escoltar a nuestra ascendente peregrinación.
Pero el hombre propone y el cansancio dispone. Sandrita a estas alturas venía en tres cilindros, lo que provocó un enroque anunciado: mi amiga al caballo y el hijo menor de los Bahamonde a continuar de infantería.
El tope del cordón nos recibió con otra porción de bosque maravilloso y posteriormente nos regaló una vista espectacular del valle del río León. Por el norte alcanzaban a asomar las nieves eternas del cerro Tronador.
A partir de aquí la huella comenzó a precipitarse poco más que dibujada sobre una pared, por lo que el animal que cargaba a Sandra no quiso saber más nada con la excursión. Augustito pegó la vuelta y nos arreglamos solos para el delicado descenso.
El suave valle del río León bajaba en dirección norte-sur y en partes parecía haber sido diseñado por un paisajista. Intentamos apurar la marcha pero no pudimos evitar llegar al paraje limítrofe de El León alumbrándonos con la luna. En ese mismo lugar el río le entrega sus aguas al Manso, que apenas unos metros antes traspasa la frontera desde Argentina hacia Chile.
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Acampamos esa noche entre el puesto de Gendarmería y la casa de Etelvina Bahamonde (hermana de Tito y famosa por tener el hito fronterizo en el jardín), y por la mañana emprendimos nuestro regreso a Bariloche. El encargado de una empresa de cabalgatas -Agustín- nos llevó gentilmente en su camioneta hasta el camping de la "Pasarela de John", y su dueño -Tony- nos arrimó a la ruta 258, donde pescamos el micro hacia la "civilización".
El valle de Cochamó ya pasaba a ser historia y parte de mí quedaba atrapada para siempre en él. Tal vez en algún río, en algún lago, en alguna pradera, en lo más profundo de la selva valdiviana, o simplemente en aquellas charlas de fogón protagonizadas por quienes compartimos los mismos sueños.
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Agradecimientos:
A Silvina, del Refugio Cochamó, y a Asegurator, de Santiago de Chile. La información brindada por ambos fue clave para que pudiéramos largarnos tranquilos a realizar esta travesía.

Links consultados:

www.patagonia-asegurator.blogspot.com

www.cochamo.com

www.cochamo.cl

www.gpsmagazine.com.ar


Pican, pican los mosquitos...

Gaby, Casi y yo acabábamos de regresar a Cochrane después de gastar suelas de lo lindo en la parte chilena del cerro San Lorenzo, y dejábamos transcurrir la calurosa tarde en un hospedaje familiar del pueblo.
Con Ana, la dueña del lugar, se había establecido una relación que iba un poco más allá de lo comercial y de la famosa rivalidad entre argentinos y chilenos. Y lo comprobamos esa misma tarde, cuando nos sorprendió invitándonos a dar un paseo en la camioneta de su hija junto a esta y su nieta.
El plan era en apariencia muy simple: ir a tomar unos mates al cercano lago Esmeralda. Observando los relojes no sobraba tiempo; el sol ya casi había desaparecido del firmamento, pero, en fin... ¿Cómo no aceptar semejante convite?
Con lo puesto salimos a la calle y enfilamos hacia la Suzuki Vitara que estaba estacionadita en la puerta. No recuerdo qué extraña razón hizo que fuera Doña Ana quien se sentara frente al volante, pese a confesar que no manejaba desde hacía no sé cuantos años. Válgame Dios.
Arrancamos. Al lado de la conductora se ubicaron hija y nieta, y detrás -algo apretujados- nosotros. Luego de rodar unos kilómetros por la Carretera Austral nos desviamos por un camino de tierra en dudoso estado. La concentrada Ana no terminaba de tomarle el pulso a la 4 x 4, mientras tenía que soportar algunas gastadas que venían del asiento del copiloto.





La estrecha huella devino en una sucesión de curvas, contracurvas, escarceos, pozos, badenes y lomas que eran atravesados con escasa precaución. Atrás, Gaby, Casi y yo rebotábamos de lado a lado como los japoneses de la película "Juego Sucio". Las burlas de la criatura aumentaban y condicionaban a la piloto. "¡¡Abuela gallina, abuela gallina!!", repetía sin compasión entre salto y salto. Al ver el maltrato que sufría la pobre camioneta, su hija pasó de las burlas al reto. Divina, la escena familiar.
Estacionamos el auto a metros del lago Esmeralda y bajamos con entusiasmo a una hermosa playa de arena. Sin perder tiempo, la madre de la nena quedó en traje de baño y se zambulló con determinación en las tranquilas aguas del espejo. El resto nos quedamos en la orilla; algunos con los pies en el agua, otros sentados sobre la arena.
El atardecer parecía perfecto hasta que sobrevino la pesadilla: millones de mosquitos comenzaron a atacarnos con inusitada furia sin respetar sexo, edad, ni tipo de sangre. Nuestras piernas desnudas eran como golosinas para estos malditos insectos. Ya no veíamos el lago, el bosque, ni un carajo. Nuestra atención se centraba exclusivamente en tratar, con desprolijos manotazos, de que los bichos no nos desangraran. Misión casi imposible, voy a decir.
La joven, que chapoteaba felíz en todos los estilos, era ajena a la carnicería que estaba sucediendo en la costa. Había solo dos opciones: ir a hacerle compañía o rajar de allí cuanto antes.
Atraída por nuestros gritos, la chica salió no muy convencida del agua, y manotazo va, rascada viene le informamos de lo insostenible de la situación. "¿No vamos a tomar mate?", preguntó frustrada. "¡¡¡QUE MATE NI MATE, VAYAMONOS A LA MIERDA!!!", creo que pensamos los tres al mismo tiempo. Con pocas ganas levantó sus pertenencias y trepamos desesperados a buscar refugio en el auto. A todo esto ya era de noche y no se veía nada.
Lejos de engañarlos, los mosquitos nos siguieron hasta la Suzuki. Manoteamos las puertas pero estaban con llave. "¡¡¡Abrí, por favoooor!!!", le suplicamos a la joven sin parar de rascarnos y a la vez espantar a las alimañas voladoras. A la nena hacía rato ya que se le había borrado la sonrisa y a la pobre Ana supongo la invadiría la culpa por habernos arrastrado a esta tragedia griega.
"¡No encuentro las llaves, creo que quedaron en la playa!", lanzó preocupada la chica. Fue la peor noticia que recibimos en años. Nuestra resucitada moral cayó de golpe de un piso 40. Sabíamos que la misión de encontrar las llaves en la arena, a oscuras y torturados por los mosquitos tenía una probabilidad de éxito de un 0,01%. Comencé a imaginar cómo saldríamos de ese lugar. Dificil, ¿no?
"¡Acá están, acá están!", exclamó después de un rato al urgar detrás del portón trasero, que había quedado sin llave. Fue la mejor noticia que recibimos en años. Nos tiramos de cabeza a los asientos y, con Ana otra vez al volante, arrancamos.
Pero la pesadilla aún no había terminado. Un grupo de mosquitos se había infiltrado en el auto y nos seguía picando. La niña no sabía ya que roncha rascarse y estalló en llanto. "¿Nadie fuma?", pregunté yo. Rápida de reflejos, la hija de Ana prendió un fasito y el humo más o menos los fue amedrentando.
El duro camino de acceso al lago con la noche se volvió más tortuoso. Los mosquitos, por supuesto, se la agarraron también con la conductora, quien comenzó a ponerse nerviosa y al esquivar los pozos chocaba contra la vegetación. Su hija la cagaba a pedos y nosotros tres teníamos la sensación de viajar en un lavarropas.



Salimos a la ruta y al toque arribamos a Cochrane. La sospecha que tuve durante todo el viaje de regreso finalmente no se cumplió, pero no hubiese sido descabellada. Imaginé a las cámaras de Videomatch recibiéndonos en el hospedaje, y a un eufórico Tinelli avisándonos desde su programa que acabábamos de ser protagonistas de "El peor día de tu vida".

jueves, agosto 10, 2006

Los preparativos de un viaje

Como dije en otro relato, las anécdotas de los preparativos de un viaje muchas veces resultan ser más graciosas que las del periplo mismo. Y las situaciones abundan; desde conseguir acompañantes que estén "a la altura" de las circunstancias, hasta chequear que todo el equipo esté en condiciones para partir. Y la "gran" travesía realizada en Febrero de 2003 fue una muestra de ello y aún hoy nos seguimos descostillando de risa en cada evocación.

Para fines de la primavera de 2002 ya había una idea concreta: realizar un trekking desde Bariloche hacia el refugio San Martín, bajar al lago Mascardi por el arroyo Casalata, trepar hasta la laguna Azul y bajar a Pampa Linda pasando por la laguna Ilón, y finalmente cruzar a Chile por el Camino de los Vuriloches hasta llegar al pueblo costero de Ralún. Quince días a pura montaña.

Hasta ese entonces, las hojas de ruta salían generalmente de la afiebrada mente de mi amigo Casi y de la mía. Ambos coincidimos en muchas cosas, pero chocamos en una: yo tengo tendencia a agrandar los grupos y él a reducirlos. En otras palabras, yo tal vez privilegio la variedad en las compañías y el divertimento, y él la seguridad, el orden, y la integridad del viaje. En esta cuestión es muy puntilloso y de ello depende su humor. Y atenti, quizás tenga razón, en la montaña no se puede improvisar saliendo con gente inexperta; pero también hay que entender que son vacaciones y hay que relajarse.

Trazado el plan, las primeras en subirse a este tren fueron Gaby, compañera nuestra en infinidad de travesías, y Pato, amiga común de los tres. En el camino había quedado otra Gabriela, a quien "elegantemente" se le sugirió que desistiera, ya que le veíamos menos montaña que Villa Gesell. De hecho en una reunión previa preguntó si podía llevar unos borceguíes de tacos altos, que más que para lidiar con piedras y mallines estaban para ir a una disco. Casimiro ya comenzaba a transpirar a cuenta.

Con el transcurso de los días se enganchó Nacha, una deportista todo terreno que no le ocasionaría trastornos al grupo sino por el contrario, sospechábamos que por su estado físico nos arrastraría cual barriletes.

Pero aún no se había cerrado la inscripción. Un buen día mis planes patagónicos llegaron a oídos de Toshi, una amiga descendiente de japoneses quien se autoconvocó de inmediato para la expedición. Inmune a mis advertencias de rigor ("mirá que vas a caminar entre 6 y 8 horas por día con 20 kilos en la espalda, no hay baños..."; o sea, le tiré todo lo malo para que después no me puteara), la simpática Toshi no se cansaba de recitarme con firmeza oriental: "para mí es un desafío, quiero ir con ustedes". ¡Ah! ¿sí? Pues que venga, entonces.

Y tal era el compromiso de Toshi con el viaje, que un día nos invitó a cenar a su casa para estrechar lazos con el grupo. Allí estábamos todos: Casimiro, Gaby, Pato, Nacha y yo. Y del lado de la dueña de casa: Hernán, alias "El Pipi", presentado como su pareja y firme candidato -¡me enteré en ese momento!- a nuestro trekking barilochense. Casimiro sudaba frío y su cara lo decía todo. Ya éramos siete.
Por su permanente gesto serio (para Toshi y Hernán era cara de experimentado montañista, para mí era cara de... bue... sigamos) Casimiro se convirtió en el blanco de todas las preguntas de la pareja. "Casimiro: ¿cuántas horas por día hay que caminar?". "Casimiro: ¿dónde se duerme?". "Casimiro: ¿qué se come?". "Casimiro: ¿dónde se caga?". Y mi amigo con impostada paciencia les iba respondiendo una a una sus inquietudes. En una de esas El Pipi fue hasta la habitación y regresó con una mochilita para ir al colegio en la mano. "¿Con esto puedo ir, Casimiro?", le tiró muy serio. Y a Casi no le quedó más remedio que esbozar una sonrisa. Nerviosa, pero sonrisa al fin. La otra opción era mandar a todos a la mierda e irse de vacaciones solo.

Antes de fin de año Nacha se bajó sorpresivamente del viaje pero al toque se incorporó otro amigo mío, Leandro, periodista de autos y turismo y con unos cuantos viajes a la Patagonia en su haber. Leandro estaba casado pero vendría solo, razón por la cual compartiría con nosotros nada más que la primera semana.

Ese mes previo al viaje fue estresante. Las dudas de Casimiro se contaban por docenas y me las tiraba por la cabeza a mí. Todas referidas al futuro desempeño del grupo en la montaña. Algo lo tranquilizaba a medias: el circuito había quedado diseñado con "puntos de abandono" y el que fundiera biela podría tomarse el buque ni bien nos acercáramos a la ruta. Mientras tanto, un rumor llegado desde Bariloche nos hacía temblar de terror: el mal tiempo había bloqueado con nieve el trayecto entre la Azul y la Ilón. Dudas sobre las dudas.


Y la tarde que fuimos a comprar el morfi para la expedición fue desopilante. Menos Pato y Gaby estábamos todos. Antes de entrar al súper, El Pipi le comentó entusiasmado a Casimiro que había conseguido una mochila y quería su visto bueno. "Después de hacer las compras la vemos", le respondió Casi.
Cargamos todo y nos vinimos a mi casa para realizar la repartija de alimentos y demás chirimbolos. No recuerdo cuántas bolsas eran, pero sí que desparramadas en el suelo no dejaban un solo espacio libre para caminar en el living de mi departamento.
Como quien saca una carta ganadora, Casi peló una balancita de pescador y se puso a distribuir en siete bolsas iguales esa porción de supermercado que yacía en el piso. Aproximadamente 6 kilos para los hombres y 5 para las chicas. La menuda Toshi levantó el paquete que le tocaba en suerte y se puso pálida al sentir todo lo que tendría que cargar además de ropa y boludeces. Ensayó una protesta que pronto fue ahogada al explicarle que todos llevaríamos lo mismo y más. Creo que recién allí entendió todo lo que yo venía advirtiéndole respecto al sacrificio, al esfuerzo y demás etcéteras. Tarde para arrepentirse.
Y quedó para el final la mochila de El Pipi. "¿Qué te parece, Casimiro?", lanzó inocente mientras todos la observábamos con detenimiento e incredulidad. Cagarlo a trompadas al fabricante de ese engendro hubiese sido poco. El sistema de correas era indescifrable; era algo así como la cinta de Moebius echa en tela cordura.
Con la mochila calzada sobre los hombros de El Pipi, todos tratábamos de meter mano y encontrarle la solución a ese enigma de la física y de la industria textil. Si vacía ya le colgaba a mitad de la espalda, no queríamos imaginarnos con peso. Entre los lamentos de Toshi y la mochila de El Pipi, el viaje se presentaba como una obra de suspenso con final abierto.

Pese a las recomendaciones en cuanto a no cargar cosas de más, ya arriba de el micro rumbo a Bariloche El Pipi peló orgulloso una linterna con radio y sirena incorporadas que funcionaba con ¡¡¡8 PILAS GRANDES!!! Llorabamos de la risa.
Horas antes de salir a la montaña, Hernán se mostró preocupado por el peso de la mochila de Toshi sugiriendo alivianársela. El obvio destino de ese sobrepeso y qué pasó durante el viaje es otra historia y buena parte de ella está graciosamente relatada por mi amigo Leandro en su blog MundoMcFly.


"No hay caso; me sobra talento para pasarla mal", repetía El Pipi días más tarde en medio de la montaña cuando ya no podía más con su mochila ni con su alma.

martes, mayo 16, 2006

Exposición de fotografías

Los invito a ver mi muestra de fotos sobre Patagonia (qué otro lugar si no) a realizarse en el Centro Cultural Borges (Viamonte y San Martín - Capital Federal) desde el día 24 de Mayo hasta el 10 de Julio de 2006.

martes, marzo 28, 2006

Si es Mayer, es bueno

Febrero de 2006. Nuestra incursión por el Paso Mayer sería uno de los platos fuertes de un viaje que también incluía parte del Parque Nacional Perito Moreno y un trekking en el cerro Castillo, en Chile (ver relato). ¿Qué tenía de particular este lugar perdido en los confines de la cordillera santacruceña? En realidad muy bien no lo sabíamos; solo nos atraía su virtual inaccesibilidad y la promesa de encontrar buenos paisajes. Y en este último aspecto no nos defraudó.



Camino que nace en la Ruta Nacional 40 y finaliza en el destacamento de Gendarmería "El Bello". En su recorrido atraviesa numerosas estancias como "Río Capitán", "La Ensenada", "Alma Gaucha" y "Entre Ríos" (¡si habré bajado de la camioneta para abrir y cerrar tranqueras, maldita sea!). Viajaban conmigo la inclaudicable Gaby, su primo, el geólogo Carlos Perrot (dueño de la Toyota), y "el Jack", el perro de este último. Al fondo se ven los cerros de la cordillera.



Sector denominado "La Ensenada". Aqui hay que despedirse del camino en buen estado ya que comienza una precaria huella solo recomendable para vehículos de doble tracción... ¡y conductores con buena vista para encontrarla! Acá estábamos buscando un puente de troncos alternativo porque el "camino" principal fue socavado por el río Ñires, que corre paralelo a él. A la salida del puente nos encajamos en un canaletón; o sea: cricket, pala... y a laburar!!


Vista desde el puesto de Gendarmería hacia el oeste. Los cerros del fondo pertenecen a Chile.





Vista del valle del río Mayer desde unas elevaciones ubicadas al norte del puesto de Gendarmería. La línea fronteriza viene por la cresta del cerro bajo que asoma desde la izquierda, atraviesa el playón del río y vuelve a subir a través del cerro con nieve que se ve en el extremo derecho.


Esta es una planicie elevada que se encuentra camino a la laguna Bello. Al fondo (en dirección sur) se ve parte de la Sierra de Sangra, una de las dos cadenas montañosas que domina la región. El otro cordón es el de la Sierra de las Vacas, cuya máxima altura es el monte Tetris.



Imagen tomada en territorio chileno. El río Mayer pega una cerrada curva hacia el sur y se mete detrás de la colina que se ve en primer plano. Desde Gendarmería hasta la frontera hay una tranquila senda de unos 12 km que se pueden cubrir en 4 o 5 horas. Recién pasando el río Carrera (esperen a ver la foto) hay un sector algo confuso rematado por un pegajoso mallín (¡siempre los mallines!). El retén de Carabineros está casi pegado al límite y desde allí sale un camino de coches que empalma con la Carretera Austral, cerca de Villa O'Higgins.


Cruzando el puente (¿puente?) sobre el río Carrera, de regreso de nuestra caminata a la frontera. Este río trae las aguas del lago Nansen y del resto de los lagos del Parque Nacional Perito Moreno, excepto el Burmeister. Uno de nuestros planes iniciales era llegar hasta el Nansen pero los gendarmes fueron tajantes: "Olvídenlo; tres días de ida mínimo y luchando contra la vegetación". Clarísimos.



Tranquilo regreso al puesto "El Bello" a través de la pampa y los bosques que se extienden sobre la márgen oriental del río Mayer. Pienso que cuando terminen de construir el camino que separa a ambos destacamentos esto se transformaría en un hermoso circuito turístico binacional para hacer en auto o en bici.



A modo de final no puedo dejar de destacar la hospitalidad y la buena predisposición de los cinco gendarmes allí destinados. Nos cedieron un galpón para que lo convirtiéramos en nuestra casa y nos "obligaron" a compartir cada cena con ellos. Quizás les haya caído simpático el hecho de que tres personas vinieran hasta allí a pasar parte de sus vacaciones. El día que partimos nos "escoltaron" unos kilómetros con el Unimog para sacarnos de algún otro posible encaje. Y mejoramos nuestra marca: fueron 2.

Lo que mata es la humedad

Febrero de 2006. El trekking a través del cerro Castillo, en la Undécima Región de Chile, nos iba a dejar un gustito medio amargo en la boca a causa del mal tiempo. Por esto y por algunos ingredientes más, esta dura experiencia significó el retiro de Gaby de las actividades de montaña y dejó en suspenso el de Leandro, el otro integrante de este trío. ¡¡No me dejen solo!!!

Salimos tarde, hay que decirlo. A ningún montañista sensato se le ocurriría comenzar a caminar a la hora del té. Pero bueno... dependíamos de un bus que nos recogió por Villa Cerro Castillo recién a las 4, queríamos ganar un día... Qué sé yo. Igual no fue lo peor.
Nos lanzamos del micro en un paraje de la Carretera Austral denominado Las Horquetas Grandes, a unos 40 kilómetros de la villa y a 60 de Coyhaique. Era desde allí donde convenía empezar el trekking según la encargada de la oficina de Turismo. Es que en cuanto a altitudes, en promedio, iríamos de "mayor a menor". Y ojo, tenía razón.
Arrancamos con rumbo oeste por un camino de tierra que bordeaba algunos terrenos privados. Eran cerca de las 5 y comenzó a lloviznar. Nuestro plan era alcanzar el campamento "Río Turbio", ubicado a unas 5 horas de la ruta. O sea, hagan la cuenta: 5 más 5 es igual a 10; bonita hora para llegar... ¡si es que llegábamos!
El camino era pan comido pero el barro y los arroyos comenzaban a trabar la cuestión. Y se sabe que la impaciencia es mala consejera: al enésimo arroyo intenté improvisar un puente con troncos y terminé con media humanidad en el agua. Cambio de ropa y de humor.
Como era de esperar, caímos en las garras de la temida oscuridad. El sentido común nos sugería en voz alta que debíamos buscar algún sitio plano en el bosque para tirar las carpas, ya que imposible era determinar si lo que faltaba hasta Río Turbio eran 5 minutos o 2 horas.
Como cirujas plantamos bandera al costado del camino. En aquel yuyal no había una gota de agua, lo que echó por tierra nuestra ilusión de irnos a dormir con algo caliente en la barriga. Todo estaba húmedo y la leña no prendía ni aunque la tocara un rayo. Con poco ánimo desempolvamos unas pobres raciones de fiambre y sacamos pecho para aguantar la noche.


El cielo amaneció otra vez encapotado. Con resignación postergamos el desayuno para el camino, ya que no teníamos agua ni para empujar una aspirina. A poco de arrancar, un cartel de madera nos daba la bienvenida a la Reserva Nacional Cerro Castillo, que incluye a todo el macizo y a su entorno.
Salimos del bosque y desembocamos en un enorme playón de piedras por donde corría el río Turbio. Otro cartel reproducía con un dibujo explicativo el perfil de montañas y glaciares que, a causa del clima pedorro, no podíamos ver. Volvimos a entrar al bosque y encontramos el campamento al que debíamos haber llegado la noche anterior. Aquel oscuro y frío lugar sólo estaba habitado por una suiza, y era el primer ser humano que veíamos haciendo lo mismo que nosotros.
Con lluvia ya declarada comenzamos a trepar en busca del paso Peñón, lugar en el que sabíamos que habría nieve y sobre el cual la encargada de Turismo no arriesgó ninguna recomendación. No sé si por muy fácil o muy peligroso.
Con la altura el bosque transmutó en monte achaparrado y este en piedra pelada... y mojada! Lentamente fuimos entrando en las nubes siguiendo las pircas y alguna que otra marca de pintura. Tratábamos de no separarnos porque no se veía a 10 metros y no era nada dificil pifiarle a la ruta.
La pendiente disminuyó y entramos al primer manchón de nieve. Gaby venía detrás mío y cada vez que me daba vuelta la sorprendía aterrizando de culo y repartiendo maldiciones. Casi a la par nuestra venía la suiza, hasta que puso la quinta marcha y se la tragó el tenebroso velo blanco.
Esa gran canaleta de nieve caía ahora hacia el otro lado. Pensamos en el paisaje que nos estábamos perdiendo y nos invadió una gran frustración. La lluvia ya era aguanieve y el frío que se sentía en el cuerpo competía con el que se filtraba por los pies. Mi termómetro marcaba 2 grados, casi insultante para una tardecita de Febrero.
El descenso resultó ser aún más empinado. El inquietante efecto de la niebla sobre los cambios de pendiente nos haciar fantasear que después de cada saliente nos esperaba el abismo. Algunos piedrones se movían peligrosamente al pisarlos y no era lejana la posibilidad de pegarse flor de palo con consecuencias que mejor no imaginar.
El pedrero se volvió más suave y las pircas nos llevaron hasta la reanudación del bosque. Con tanta agua caída los arroyos bajaban cargaditos y los troncos y piedras para cruzarlos eran un jabón.
A eso de las 6 llegamos al campamento "Estero del Bosque". Las energías apenas alcanzaron para armar las carpas y meternos en las bolsas para recuperar calor. Comimos algo y decidimos no asomar un pelo hasta el día siguiente.


Y el día siguiente fue más de lo mismo, lo que nos obligó a acovacharnos 24 horas más en ese lugar. Lluvia a la mañana, lluvia al mediodía, y lluvia por la tarde. El bosque transpiraba agua; para donde mirásemos bajaba agua. Nuestras carpas quedaron virtualmente en una isla. ¡Y la humedad, maldita sea!! Todo mojado: cámaras de fotos, mochilas, ropa; lo único seco era lo que teníamos puesto. ¡Y el tornillo que hacía!! Salir de la carpa era toda una decisión y reflexionábamos largo rato sobre si era realmente necesario hacerlo. La suiza también acampaba allí con nosotros, y durante ese día y medio de estadía desfilaron por aquel reducto sólo 5 chilenos y una pareja de israelíes. ¡Qué de gente! ¿no?



¡¡¡Y por fin asomó el sol en el cerro Castillo!!! Algo incrédulos recibimos con placer los primeros rayos mañaneros y aún entumecidos por el frío rajamos de allí en busca de mejores -e insospechados- horizontes.
Seguimos un buen trecho por un bosque ascendente hasta llegar nuevamente al límite de la vegetación. A mano derecha se alzaban unos enormes paredones de roca desde donde colgaban hermosos glaciares.
Una trepadita más y aparecimos frente a la laguna Castillo, ubicada en una depresión y cerrada hacia el norte por otro gigantesco paredón. Sobre él se veían las afiladas agujas del Castillo, que precísamente lleva ese nombre por su silueta de fortaleza medieval.
Nos alejamos de la laguna y continuamos ganando altura en busca de una especie de hombro que se forma sobre el perfil oeste del cerro. Según las cartas este nuevo paso era más alto que el Peñón y naturalmente volvimos a encontrar nieve.
Desde arriba se veía la Carretera Austral, el lago General Carrera, el río Ibáñez... todo muy apasionante... pero había que bajar...
La pendiente se lanzaba en picada hacia el valle del arroyo Parada, profundo tajo orientado de norte a sur, es decir perpendicular a nuestra ruta. Todo estaba suelto y la técnica consistía en apoyar el pie y dejarnos deslizar hasta que el mismo suelo nos frenara.
Las pircas nos fueron llevando hacia el norte hasta que desaparecieron frente a un monte de lengas impenetrable. Gaby venía muy atrás y cada tanto debíamos esperarla para no terminar perdidos nosotros y perdida ella por su cuenta.
Retrocedimos hasta donde se había originado la confusión y apostamos a seguir el empinado cauce de un arroyito que nacía en las nieves de arriba y se encajonaba más abajo en el bosque. En algún punto debíamos empalmar una senda que se desplazaba paralela al arroyo Parada, y por la buenas o "por las malas" la pensábamos a encontrar.
Otra vez nos amenazaban las sombras. No había forma de que Gaby se moviera más rápido, situación que hacía peligrar nuestra llegada a algún lugar seguro para pasar la noche. "No tengo más piernas", nos gritaba cada vez que podíamos tenerla a tiro. La cosa ya olía a tragedia. Con Leandro descubrimos un hueco en el bosque donde apenas entraba una carpa. E inclinada. Era eso o contemplar las estrellas acurrucados sobre las piedras y envueltos con sobretechos y mantas.



Bien temprano continuamos bajando por el accidentado cauce del arroyo hasta encontrar la senda. Esta provenía del campamento "Neocelandés", sitio al que debimos renunciar a causa del día perdido por lluvia. Caímos a mano izquierda y seguimos perdiendo altura, esta vez sobre terreno más "suave".
La huella salió de la reserva y se entreveró en un par de estancias. El sol apretaba y una pampa interminable estiraba nuestra llegada a la villa.
Nos arrimamos a la Carretera Austral y le apuntamos al pueblo, que estaba ahí nomás, del otro lado del asfalto. Nuestra debacle física y mental nos hizo cruzar la ruta sin ganas ya de mirar para ningún lado. ¡Y qué ironía del destino si después de sobrevivir al cerro Castillo nos revoleaba un auto!

lunes, diciembre 12, 2005

Patagonia desde el aire

Estas son imágenes que tomé en un vuelo de línea desde Punta Arenas hacia Puerto Montt, y en otro desde Buenos Aires hacia El Calafate. Fueron dos momentos inolvidables, y la posibilidad de ver al fin tanto mapa en vivo y en directo.




En el centro de la imagen se ve el glaciar Perito Moreno. A la izquierda de su frente se ven las aguas del lago Argentino, y a la derecha las del brazo Rico.




El enorme glaciar que pega una curva de 90º y finaliza pegado a la turbina del avión es el Pio XI o Brüggen. Detrás se extiende todo el sector norte del Hielo Continental Patagónico Sur.



Al pie de la foto se ven las aguas del golfo San Esteban. Más arriba aparece el glaciar San Quintín, y detrás de este, todo el Hielo Continental Patagónico Norte.




Aquí se ve a la laguna San Rafael y al glaciar del mismo nombre, que cae desde el Hielo Continental Patagónico Norte. Las elevaciones que se ven a la izquierda de los hielos pertenecen al macizo del San Valentín, el cerro más alto de la Patagonia Austral.





En primer plano se ve al lago Ghio, y más atrás los lagos Posadas y Pueyrredón. Este último en territorio chileno se llama Cochrane, que apenas se distingue sobre el borde derecho de la imagen. Arriba y a la izquierda sobresale el macizo del cerro San Lorenzo.

Lo que se ve en esta imagen es prácticamente todo el Parque Nacional Perito Moreno. En el centro aparece el lago Belgrano y a su derecha el lago Volcán. Sobre la izquierda apenas asoman el lago Burmeister y el Nansen.





En primer plano aparece el glaciar Narváez. Detrás, ya en territorio chileno, se alcanzan a ver el lago Ciervo (centro de la foto) y el brazo noroeste del lago O'Higgins.












Aquí se aprecia gran parte del lago San Martín / O'Higgins. El límite internacional corre de izquierda a derecha atravesando centro de la foto. Bien atrás se ve el Hielo Continental Patagónico Sur, destacándose sobre la izquierda el cordón Lautaro.


Lago Viedma. En primer plano se destaca el nacimiento del río La Leona y su intersección con la ruta 40 en el conocido paraje homónimo. Bien al fondo es posible distinguir (con muy buena vista) al cerro Fitz Roy, al Torre, y al cordón Mariano Moreno.

Sorpresa y media

Octubre de 1999. Hacía rato ya que entre mis sueños figuraba el de recorrer los canales y fiordos del litoral austral chileno. Por eso, cuando el director de la revista Aire y Sol, Pierre Dumas, me ofreció viajar como fotógrafo en el barco que unía Puerto Montt con Puerto Natales, pensé que alguien cercano a mí había escrito al famoso programa de Julián Weich. ¡Qué imaginación!, ¿no? Aquí van algunas fotos de mi experiencia a bordo del "Puerto Edén".



Lunes por la tarde. El "Puerto Edén" era ayudado por un remolcador para salir de Puerto Montt. En su largo viaje de cuatro días y tres noches, este buque llevaba carga, vehículos y pasajeros. Los periodistas dormiríamos en camarotes y, como el resto, comeríamos con un sistema de pensión completa.



Lunes por la tarde. Aquí navegábamos las aguas del seno de Reloncaví, a poco de zarpar de Puerto Montt. Arriba y a la derecha se ven, en primer término, el volcán Calbuco, y detrás y a su izquierda el volcán Osorno.






Martes por la mañana. Pasaje del canal Moraleda, que separa al continente de los archipiélagos de los Chonos y de las Guaitecas.



Martes por la tarde. Aquí estábamos atravesando el canal Pulluche con rumbo oeste. El propósito era asomarnos al océano Pacífico para bordear la extensa península de Taitao. Esta porción de tierra está unida al continente por el fangoso istmo de Ofqui, al que intentaron abrir sin éxito en la década del '30 para evitar el pesado rodeo.



Martes por la tarde. El "Puerto Edén" estaba a punto de salir a mar abierto, dando comienzo a la parte más movidita del viaje. La capitanía nos mandó a todos a los camarotes. Pésima idea. Entre la vuelta a la península de Taitao y el cruce del golfo de Penas (hace honor al nombre) fueron 10 horas de pesadilla. El barco se zarandeó en todas las direcciones que pudo. "Yendo de la cama al baño", compuse. Día de "lanzamientos".


Miércoles por la mañana. Tras el candombe del golfo de Penas encontramos refugio en el canal Messier, mucho más angosto que el Moraleda y de aguas más calmas. Aquí se ve un barco varado y abandonado. Cerca de allí se cruza la Angostura Inglesa, un estrecho pasadizo lleno de bajos fondos donde solo entra un barco por vez.



Miércoles por la mañana. Imagen de Puerto Edén (igual que el barco, o al revés), única parada que realizamos en todo el viaje. El pueblo está ubicado en la isla Wellington y a orillas del canal Messier. En él viven unas 300 personas, entre ellas un grupo de indios alacalufes, etnia de navegantes que habitara esta región antes de la conquista.


Miércoles por la mañana. Nuestro barco permanecía anclado frente a Puerto Edén aguardando que termináramos la visita.










Miércoles por la tarde. Imágen del canal Wide que, como se ve en la foto, recibe algunos témpanos que se desprenden del cercano Hielo Continental Patagónico Sur. Minutos antes atravesamos el Paso del Abismo, estrecho desfiladero que produce en cada sonido un estremecedor efecto de eco.



Jueves por la mañana. Aquí estábamos navegando el canal Kirke, ya muy cerca de nuestro punto de llegada: Puerto Natales.






Jueves por la mañana. Llegada a Puerto Natales. Apenas desembarcamos nos cargaron en un micro y nos llevaron al Parque Nacional Torres del Paine, a 120 kilómetros al norte de allí. Era mi vuelta al Paine después de ocho años. Pero eso será motivo de otra galería de fotos...

martes, noviembre 08, 2005

Mochila a estrenar

Enero de 1990. ¡Mi primera travesía en la montaña! Mis acompañantes eran Casimiro, a quien había conocido por medio de la cartelera de Albergues de la Juventud, y Mabel y Alejandro, dos personajes adictos al psicoanálisis que se engancharon a último momento. ¿El plan? Primero subiríamos al refugio Otto Meiling, en el Tronador, y posteriormente cruzaríamos el Paso de las Nubes.


Muchas veces las anécdotas de los preparativos resultan ser más sabrosas que las del mismo viaje; pero, bueno... para ahorrar espacio las dejaré para más adelante e iré directamente al grano.
La cuestión es que después de una serie de trámites amanecimos en Pampa Linda, a 80 kilómetros al oeste de Bariloche y a los pies del Tronador. Nuestro "tour" por el Meiling sería de tres días y dos noches, pero daba la maldita sensación que llevábamos pertrechos para una semana. Vaya a saber por qué razón decidimos subir con una sola mochila, la de Alejandro; aunque imagínense que más que mochila ...¡¡era un container!! ¡¡Y lo que pesaba!!


Soltamos amarras. Una amplia huella que salía al costado de Guardaparques nos dejó a orillas del Castaño Overo, un arroyo que nace del glaciar homónimo, en el Tronador. Un par de troncos hacían de puente, y del otro lado, la picada comenzó a abrirse paso entre un empinado pero maravilloso bosque.
A esta altura debo decir que en realidad éramos tres para cargar un poco cada uno la mochila, ya que Mabel decidió que subiría más tarde y a caballo. El sistema de porteo no me pareció el más acertado. El sacrificado de turno se desplazaba cual burro de carga y con una expresión semejante.
Promediando las 4 horas de marcha, el exceso de equipaje y el cigarrillo provocaron en Alejandro lo que para mí ya era un final anunciado. Su deplorable estado físico le dificultaba la carburación y cargado no podía avanzar un sólo metro mas. En un lugar denominado "Descanso del potro" nos detuvimos para comer algo y relajarnos.
La que no llegó precisamente en potro fue Mabel, quien cayó minutos mas tarde confesando sin ninguna vergüenza haber subido ...¡¡EN BUGGY!! Con Casimiro nos miramos; algo no andaba bien.
Si en Pampa Linda había tábanos, aquí ascendían a la categoría de manifestación piquetera. Antes de rajar de allí y meternos en la zona de piedras fue necesario reorganizar la peregrinación. Alejandro estaba fuera de combate y la diminuta Mabel era incapaz de transportar semejante peso. Resultado: el "muerto", o sea la mochila, continuaría viaje entre los hombros de Casi y los míos. Sacamos pecho y nos metimos en el pedrero, dejando por un rato a nuestros amigos haciendo terapia de grupo junto a los tábanos.
La silueta lejana de una caña puesta en vertical nos anunciaba la proximidad del refugio. Pasamos luego junto a ella e iniciamos una agotadora recta final hacia nuestro objetivo.
Como a la media hora ó más cayeron los rezagados Mabel y Alejandro. Con tanta cosa nueva nos habíamos olvidado de ellos. Mientras "celebrábamos" el reencuentro recibíamos las disculpas del pobre Alejandro, quien prometía hacerse cargo de la mochila durante toda la bajada como en una especie de redención.

Pasamos un día entero jugando entre los bloques de hielo del glaciar Castaño Overo y practicando una caminata hasta el filo de La Motte. El lugar, créanme, tiene todos los condimentos para quedarse un par de días y respirar ambiente de montaña. Fuera y dentro del refugio.



Pero apenas aterrizamos nuevamente en Pampa Linda se produjo el obvio desenlace. Mabel y Alejandro nos comunicaron su decisión -sabia al fín- de no continuar, y de regresar esa misma tarde a la ciudad. Hablando en serio, a ninguno de los dos se los veía en condiciones físicas ni anímicas para intentar el Paso de las Nubes, si era como lo pintaban. Duró poco su compañía.



Temprano arrancamos Casi y yo hacia Paso de las Nubes. Tomamos el mismo sendero que se dirigía al arroyo Castaño Overo, y unos pasos después de cruzarlo, un cartel nos desvió hacia la derecha. Nos internamos en un bosque llano, acompañados desde la derecha por el arroyo Alerce, afluente del río Manso.
La tranquila picada se clavó a orillas del arroyo, invitando a cruzarlo como pudiéramos. En realidad no era ancho ni profundo, pero el agua estaba helada y se movía rápido. Aunque si había algo peor que meter las patas en agua helada era hundirlas después hasta las rodillas en un inmundo mallín.
Escapamos del barrial e iniciamos la trepada al paso. "¿Cómo está la senda del otro lado?", le preguntamos a una parejita que venía en sentido contrario. "Es Vietnam", respondieron desencajados. Tragamos.
Desde el paso alcanzamos a ver el valle del río Frías y, más lejos, el lago homónimo. Es decir, todo lo que aún nos faltaba caminar. A nuestra izquierda colgaba el glaciar Frías, que formaba decenas de cascadas que se precipitaban al vacío.
La resbalosa bajada nos hizo sentir como el más torpe de los Tres Chiflados. Aunque la cosa no terminaba ahí; tras cartón nos recibió un escarpado paredón de rocas cuya única solución parecía lanzarse en ala-delta.
Llegamos al llano con poca luz, diría que escalofriantemente justo. A pesar de los mosquitos armamos la carpa y preparamos la cena.


Dejamos atrás una gélida noche al pie del glaciar Frías y empacamos para continuar hacia el lago.
La picada no sufría desniveles y estaba bien marcada, de eso era imposible quejarse, pero el caos de árboles caídos la transformaba en una pista con obstáculos. Y no se caían arbolitos de mierda; se caían de esos que estaban antes de que Dios creara al mundo. Eran de metro a metro y medio de diámetro mas o menos. Al principio se nos ocurrió rodearlos saliendo de la huella y metiéndonos entre densos cañaverales. Nefasta idea; a los dos pasos quedábamos encerrados y perdíamos el rumbo. Urgía una decisión: o saltábamos los troncos como carajo fuera, o le dejábamos de regalo a la comisión de rescate dos mochileros ensartados con sendas cañas colihue y con un gesto final de locura.
La tarea de sortear troncos nos hacía perder tiempo. En algunos casos había que quitarse las mochilas para pasarlos por debajo cuerpo a tierra. Tuve varios déjà vu con la instrucción de mi querida colimba. Para colmo, nos quitábamos de encima un árbol y venía un mallín; pasábamos el mallín y venía otro árbol. Menos mal que a algún cerebro iluminado se le ocurrió colocar maderitas para poder caminar sobre el fango. Selva valdiviana le dicen a este tipo de regiones donde llueve poco menos que todos los días.
Cruzamos por arriba de un tronco el río Frías y la selva dejo paso a un bosque abierto y más seco. Al toque llegamos al puerto del mismo nombre donde, por ser paso fronterizo, funcionaban Gendarmería y Aduana. Desde allí iniciaríamos nuestro regreso con bombos y platillos a Bariloche. Con mucho orgullo a cuestas. Y mucho barro.

Puede fallar...

Enero de 1991. Con Casimiro nos propusimos agrandar el grupo y redoblar la apuesta aventurera: primero rodearíamos al volcán Lanín por la cara este, con ascenso a un refugio incluido, y luego realizaríamos el largo trekking desde Bariloche hacia Pampa Linda. El grupo se agrandó; el que terminó achicándose -y mucho- fue el viaje.


Un sobrio festejo de Año Nuevo en San Martín de los Andes fue el preludio a nuestro aterrizaje en el paso fronterizo Tromen, a los pies de la cara norte del Lanín. A la dupla formada por Casimiro y quien relata se le agregaban nada menos que tres señoritas: Gabriela, Claudia y Analía. La primera había sido compañera mía del profesorado de tenis, las otras dos fueron reclutadas por medio de la infalible cartelera de Albergues de la Juventud.


Acampamos en un soñado bosque de araucarias y por la mañana nos pusimos en marcha. Nuestro primer objetivo era un refugio del ejército conocido como R. I. M. 26, ubicado sobre la faz norte del Lanín.
Salimos del control de Gendarmería y desembocamos en un inmenso playón de piedras volcánicas de una surtida gama de tamaños. El calor apretaba y los tábanos, sin decir "agua vá", se nos venían al humo. Debíamos llegar hasta el comienzo de una formación llamada "espina de pescado", claramente visible desde el llano.
Y comenzamos a trepar. La senda apenas alcanzaba el metro de ancho, limitada por dos terraplenes que caían a cada lado. Creo que si alguno se piantaba para algún costado hasta abajo no paraba.
La espina dejó paso a un insoportable acarreo que se transformó en una pesadilla para todos. El piso era un gran colchón de piedra suelta, lo que ocasionaba constantes deslizamientos de material al apoyar el pie. Aburrida coreografía la nuestra: dos pasos hacia arriba, uno hacia abajo.
Este "2 x 1" desafiaba a nuestro ánimo y a nuestro humor. A cada resbalón mío le sucedía una soberana y estentórea puteada -obviamente mía- que hacía estremecer a las chicas. Casimiro se mantenía callado cual monje oriental, y solo se ofuscó una vez cuando omitimos gritarle "¡¡va piedra!!", tras el desprendimiento de un cascote que le pasara al ras de un pié y podría haberlo dejado con el muñón colgando. Claudia y Analía se quejaban pero seguían. El verdadero problema era Gaby. Su rostro se le iba transformando trágicamente metro a metro; su físico había dicho basta. Entre todos le dábamos ánimo, pero su patética expresión de dolor ya no dejaba espacio para ayudas ni tiernos consejos.
La psicología de la gente bajo tales circunstancias se vuelve compleja. Muchos se preguntan "¿Qué carajo estoy haciendo aquí?" e interrogantes por el estilo. Ayudarlos es dificil porque esta misma pregunta nos la hacemos quienes subimos más o menos enteros. O sea: si no sé qué carajo estoy haciendo YO aquí, ¿cómo se lo explico al otro?
La gradiente aumentaba y el refugio aún no se veía. Claudia había apostado a tomar la delantera y sus lejanos alaridos de alegría quebrando el silencio sepulcral de la montaña anunciaron su arribo al R. I. M. 26. Alzamos nuestras miradas cansadas y esbozamos una leve mueca parecida a una sonrisa. Nos sentíamos como los desesperanzados marineros de Colón al escuchar el grito de "tierra".


El R. I. M. 26 era -no sé ahora- una casucha de chapa de unos tres metros por siete, piso de cemento, y un par de camas marineras. Infinidad de leyendas aparecían escritas a mano en las paredes de madera del interior. Entre ellas se podía leer una frase de Alfredo Barragán, el capitán de aquella balsa de troncos que cruzara el Atlántico y que decía: "Que el hombre sepa que el hombre puede"; nada mas acorde a nuestro sentir en ese momento.
La cuestión es que allí pasaríamos la noche. Extraño dormitorio este a 2500 metros sobre el nivel del mar y colgado de un freezer. ¿Qué se veía desde esa altura? Todo. El lago Tromen, las sierras de Mamuil Malal y, subiendo un poco más, los volcanes chilenos Villarrica, Quetrupillán y el lejano Llaima.
Entre la excitación y el descanso la tarde se fue diluyendo. Analía y yo fuimos a buscar nieve para fabricar agua y poder cocinar. Claudia y Casi aceptaron el desafío que significaba hacer reír a Gaby, quien a esa altura ya se había ganado el mote de "Pulgoso", el famoso perro gruñón de la tira de dibujos animados.


El descenso, al mediodía siguiente, se tornó igualmente complicado e iba a asestarle el golpe de gracia al futuro del grupo. El hecho de ir perdiendo altura no mejoraba la situación de Gabriela, sino por el contrario, cada derrape en la piedra suelta la dejaba con el culo aplastado contra el piso y cada vez mas cerca de las lágrimas. Por si esto fuera poca cosa le pifiamos a la senda principal y desembocamos en un largo y empinado tobogán de nieve.
No había tiempo, ganas, ni fuerza mental para rastrear la verdadera ruta. Decidimos montarnos sobre el planchón helado y bajar con cautela. Sabíamos que se nos congelarían desde el talón hasta los dedos, pero al menos el camino estaba despejado y se veía la espina de pescado, al final de todo.
Detrás nuestro aparecieron unos militares que habían caído al refugio esa misma mañana. Los tipos ya habían hecho cumbre y bajaban a los pedos por la nieve. Ofrecieron ayuda. No nos negamos. La asistencia incluía préstamo de piquetas más apoyo moral y psicológico. Gaby directamente usó de piqueta al jefe del grupo. Ya a estas alturas la aterrorizaba tanto dar un paso como quedarse quieta. Nuestra ciclotímica expedición ya tenía todos los ingredientes, rescate en la nieve incluido.
Con un par de fotos nos despedimos del batallón y emprendimos el tramo mas duro, no por lo difícil sino por los sentimientos de culpa y de incertidumbre que nos asaltaron. Casi y yo veníamos en silencio. Analía y Claudia, en cambio, le cantaban canciones a Gaby como una manera de hacerle llevaderas sus penurias.
Llegamos al bosque de noche. La "hoja de ruta" decía que al otro día debíamos cruzar hacia el lago Paimún, pero no era el momento de discutirlo. Seguramente el sueño nos iba a hacer reflexionar a todos.

El desayuno produjo un sinceramiento general y nos hizo delinear un cuadro de situación bien concreto. Había algo seguro: Gaby no iba más. En esas condiciones solo podría trasladarse hacia el Paimún en helicóptero... y sin mirar para abajo! Punto número dos: mi espalda se había vuelto a resentir feo de una lesión y necesitaba descanso. Y para finalizar, el broche de oro lo puso Analía, acusándolo Casimiro de autoritario. Coincidimos en que lo mejor para la salud del grupo era volver a San Martín de los Andes y rediseñar el viaje.
Desarmamos todo, y como vagabundos sin fe ni esperanza nos acercamos a la ruta para de algún modo tramitar la precipitada vuelta.
Tuvimos suerte. Un micro que entraba desde Chile aceptó cargarnos y nos devolvió a la ciudad, que en este caso y paradojicamente, fue sinónimo de tranquilidad. ¿Lo de Bariloche? Algo hicimos, pero aquella travesía larga quedó para algún otro viaje.

Dos tipos audaces

Enero de 1994. La idea de unir el refugio del cerro López con Laguna Negra surgió con Hugo, un cordobés que conocí en Bariloche mientras esperaba a un amigo para salir a recorrer en auto la Carretera Austral de Chile. Fue una excitante travesía que pudo haber tenido otro final a causa de la imprevisión y del mal tiempo.


La picada al refugio López se iniciaba en el cruce del arroyo homónimo con el Circuito Chico. Ganamos altura por los primeros faldeos y nos dejamos envolver por el bosque.
La senda nos llevó a través de un empinado arenero, y luego de cruzar un bosque de lengas empalmamos el camino de coches. Por allí nos desplazamos hasta su fin, en una especie de "playa de estacionamiento" bloqueada por el arroyo López. Lo cruzamos y completamos el zig-zag que trepaba el contrafuerte donde se hallaba apoyado el refugio.
La casa estaba desierta de gente y era un milagro; en pleno verano suelen subir colegios, colegios, y más colegios. Dejamos a un lado las mochilas y nos arrimamos a unos peñascos para contemplar el Nahuel Huapi, el Moreno y la isla Victoria.



Al día siguiente, una fina lluvia hizo que partiéramos recién después del mediodía. Antes de arrancar, uno de los encargados nos había explicado sobre una secuencia de fotos la ruta de la travesía. Con las queridas mochilas nuevamente al hombro enfilamos hacia la pendiente que se levantaba detrás del refugio.
En una hora de marcha desembocamos en "La Hoya", una pequeña laguna que se veía obturada por un colchón de nieve. El cielo se mantenía en gran parte nublado y el aire permanecía calmo. El lugar era hermoso pero debíamos seguir trepando, aún faltaba un trecho para la cima.
Seguimos escalando hasta ubicarnos en la base del Pico Negro, que formaba parte de la cresta del López. "Allí está el paso hacia el valle opuesto", nos había dicho el refugiero. Al llegar intentamos asomarnos hacia el otro lado pero un viento feroz nos hizo escapar aterrados.
Volvimos a arrimarnos. Las nubes impedían ver más allá de los 10 ó 15 metros. Todo era blanco, hostil y ensordecedor. Hugo me hablaba pero yo no lo escuchaba. Yo le gritaba pero era inútil. La capucha de los rompevientos agitada por las ráfagas nos enloquecía. Volvimos a recular. En esas condiciones se hacía difícil seguir. El reloj tampoco jugaba a favor nuestro.
El cielo nos hizo un guiño y nos permitió ver entre las nubes el col formado detrás del cerro Bailey Willis. A la derecha, detrás de un largo filo paralelo a nuestra ruta, se veía parte del brazo Tristeza del Nahuel Huapi. Lo empujé a Hugo a bajar. Confiaba que al caer al valle esa atmósfera endemoniada se aplacaría.
El descenso fue insostenible. La pendiente era pronunciada y todo estaba suelto. Piedras chicas y cascotes grandes. Por momentos bajábamos haciendo "skate" sobre las lajas. Las plantas de mis pies comenzaban a escribir el principio de un penoso final.
La lluvia caía y no caía. El valle visto de arriba parecía pequeño; al llegar abajo dió la sensación de interminable. Desde la derecha nos escoltaba el filo del Tristeza y desde la izquierda nos vigilaban unos siniestros paredones de roca negra. Mirábamos hacia atrás y se nos paraban hasta los pelos del culo al ver la pared que acabábamos de destrepar. Avanzábamos por una pampita mallinosa y llena de arbustos que formaba parte del alto valle del arroyo Goye. La soledad aquí tenía nombre, apellido y personalidad arrrasadora.
Cambiamos nuevamente por piedra la zona de arbustos y comenzamos a subir. El dichoso col parecía inalcanzable. La trepada era suave y el terreno mas firme. Atravesamos una joroba de hielo tallando escaloncitos a fuerza de puntapiés.
Detrás del col las vistas eran apasionantes. Debajo nuestro se extendía una terraza congelada y más atrás la montaña caía hacia el valle del arroyo Lluvuco. También se veía la laguna CAB. El Tronador estaba oculto detrás de un festival de nubes negras y tormentosas. Me preguntaba si habíamos hecho lo correcto en salir con ese día. El cielo estaba a punto de explotar.
Sin perder altura torcimos hacia la izquierda. Debíamos bordear al Bailey Willis por detrás y meternos por entre este último y el cerro Negro.
Era tarde. Las ampollas de mis pies todavía podían aguantar un poco mas. Nos asomamos por un filo y sentimos placer y terror al mismo tiempo. Placer, al ver por fin el refugio allá abajo junto a la laguna; terror, al advertir que no podíamos bajar a causa de un empinado nevero que revestía gran parte de esa especie de anfiteatro. "¡¡La laguna Negra y la puta que lo parió!!", retumbó en la montaña.
El tobogán de hielo estaba tentador, pero ¿quién nos garantizaba aterrizar de una sola pieza? Pensamos. Por la izquierda el rodeo era muy largo y con piedra suelta. Analizamos la opción diestra. El nevero se recortaba mas cerca nuestro pero para bordearlo debíamos volver a subir por el filo. No teníamos alternativa.
La bajada terminó por reventar mis ampollas y me sumergió en un tranco lento y doloroso. Hugo con mi aprobación se adelantó y se convirtió en un punto cada vez mas lejano. Tal vez nos separamos pensando que lo que restaba era un simple trámite. Iluso de mi.
Penosamente me acerqué a la orilla. Enfrente se veía el refugio Segré. Para seguir debía cruzar el arroyo que nacía en el nevero del fondo y mandarme por la costa norte. Metí las patas en el agua con zapatos y todo y empecé casi a correr.
La orilla era empinada y tenía varios tramos nevados. Le dí gas. Pisé la primera mancha de nieve y vi venir a una persona en dirección contraria. Era uno de los refugieros, puesto en alerta por Hugo al ver que yo no aparecía. Ya no se veía un carajo. El tipo tomó mi mochila para sacarme peso del cuerpo.
Llegamos de noche. Las plantas de mis pies ya eran carne viva.


Por la noche soportamos una feroz tormenta y al mediodía siguiente decidimos bajar a Colonia Suiza. Intuía que mi paso sería como el de una gallina embarazada. No pretendía que Hugo caminara a la par mía; estuve de acuerdo en que tomara la delantera ya que el descenso carecía de peligro.


La picada se lanzó en forma de caracol hacia un estrecho valle. Mi andar era tortuoso. Algunas partes de mis pies aún estaban sanas y eran las que trataba de apoyar en cada paso. Ardua tarea.
Me sumergí en un hermoso bosque. La senda se hizo plana y en ningun momento se apartaba del arroyo Goye. La caminata era agradable pero se hacía eterna. Lo tomé con filosofía. Pensé que si existía un record de tiempo para la bajada, yo estaba consiguiendo la marca opuesta.
El camino fue apartándome del río y me llevó por la periferia de una propiedad privada. Por momentos volví a trepar para luego bajar de golpe hacia la ruta. Mi reloj señalaba las 7 de la tarde. Mis pies no daban más. Todavía tenía por delante mi regreso a Bariloche ¡¡Qué buen negocio sería poner aquí una parada de taxis!!

¡A pedalear que se acaba el mundo!

Enero de 1998. Durante esos últimos años, una idea bastante curiosa se había instalado en mi cabeza: realizar una travesía patagónica en bicicleta. Me propuse cruzar a Chile por el paso Pérez Rosales y salir al Pacífico. Algo cortito. Descubrí que el cicloturismo no es para cualquiera.


El catamarán a Puerto Blest zarpaba a las 8. En Puerto Pañuelo había muchos turistas, entre ellos unos 5 ó 6 ciclistas, todos extranjeros. Advertí que sus equipajes eran demasiado escuetos comparados con el mío. Quizas la experiencia de tanto pedalear por el mundo los hizo llegar a una síntesis en cuanto a lo que se debe llevar y a lo que no. Síntesis que yo no hice, claro. Como ocurre siempre entre colegas, algunos de ellos me observaban a mi y a mi máquina con esa típica mezcla de solapada curiosidad e intriga. Envidia seguro no era. "Eppur si muove" (y sin embargo se mueve), decía Galileo.


Desembarcamos en Puerto Blest envueltos en su llovizna característica y salí como tejo hacia el cercano lago Frías. Allí nos esperaba el segundo tramo lacustre. La bici pesaba mucho y sin joda.
Como dije en otro relato, en el extremo sur del lago funcionaban Aduana y Gendarmería. Tras cumplir los trámites, los demás bikers partieron raudos a cubrir los 30 kilómetros que nos separaban del pueblo chileno de Peulla, a orillas del lago Todos los Santos. Yo no tenía apuro, mi plan era pasar la noche bajando el paso fronterizo en un paraje denominado Casa Pangue.
La ruta hacia el límite se iniciaba al costado de las dependencias. En solo 3,5 kilómetros había que subir 200 metros, o sea que de movidita comencé a trepar. Plato chico y piñón 3; luego al 2; enseguida al 1 y ¡¡puf!! a bajarse. Ya no daba mas. Y no era una cuestión de pobre estado físico sino de fatiga muscular por repetición de movimiento. Mientras mis cuádriceps se relajaban para un nuevo intento aprovechaba para ganar metros caminando.
A partir de la frontera absolutamente todo fue bajada. Mi mountain bike se convirtió en un bólido no tan fácil de controlar. El peso de todo ese "pack" -bicicleta/hombre/equipaje- hacía que de no tocar los frenos con cierta frecuencia me convirtiera en un hombre-bala lanzado de trucha al medio del bosque.
Aterricé en el llano -nunca mejor utilizado este verbo- y mi alma recuperó la paz. Había destrepado la friolera de 800 metros lo que dejaba en claro en que sentido convenía efectuar esta travesía. Encontré el lugar que buscaba y me puse a armar la carpa.


Hasta el poblado de Peulla me esperaban poco más de 20 kilómetros que por lo que fui observando se presentarían planos. Disfruté como loco de ese paisaje de selva valdiviana. El cielo al fin decidió despejarse con lo cual los tábanos comenzaron su faena. La cosa se me planteó grave; si difícil ya es soportarlos teniendo las manos libres para espantarlos, se convertía en tarea imposible -y riesgosa- ahuyentarlos con las dos extremidades aferradas al manubrio.
Llegué casi sin esfuerzo a Peulla y me arrimé al embarcadero a esperar la zarpada.



El primer poblado después del lago era Ensenada, a partir del cual tomé una placentera ruta de asfalto que se dirigía hacia Ralún. Desde atrás me vigilaba el inmenso volcán Osorno y desde la derecha el Calbuco. Pero la felicidad, dicen, son solo momentos. La cinta asfáltica comenzó a corcovear y yo a putear.
Presentí mi llegada a Ralún al ver a lo lejos la lengua oceánica del estuario de Reloncaví. Bien al fondo descubrí al volcán Yate, que se levanta a espaldas de la aldea de Puelo.
El camino se aferró definitivamente al mar y comenzó a copiar la sinuosa orilla. El entorno me pareció estupendo. La selva caía a pique sobre las turquesas aguas del Pacífico y los sectores de cornisa eran pura adrenalina. Pese a transitar junto a la costa, la ruta subía y bajaba como en cualquier camino de montaña que se precie. Los malditos ingenieros que la diseñaron no pensaron para nada en los futuros ciclistas.
Cerca de las seis de la tarde y después de recorrer ese día más de 50 kilómetros arribé al pintoresco pueblo de Cochamó.



Los 30 kilómetros que me separaban de mi próximo objetivo, Puelo, mostraban el mismo aspecto que el segmento anterior. A esta altura ya casi había aprendido a buscar la mejor huella para la bicicleta observando las que dejaban los autos. Las bajadas, si bien tentadoras, escondían cierto peligro a causa de los cascotes sueltos que pululaban por toda la calzada. Mas peligrosas aún se volvían si el final se remataba con algún angosto y precario puente de madera con un zanjón debajo. Literalmente había que embocarla a la bicicleta. Me causaban mucha gracia las piedras que, pellizcadas por las cubiertas, salían despedidas hacia los costados como proyectiles. "Piiinnnnnn…", se escuchaba cada tanto. Rogaba que el curioso fenómeno no ocurriese delante de un paisano porque podía llegar a arrancarle un ojo al pobre infelíz.
La gente del lugar me dedicaba cordiales saludos a mi paso; no así algunos perros, quienes aburridos de tanta monotonía me salían ruidosos al cruce amenazando mordisquear algún pedazo de rueda... o de pierna. Los tábanos al salir el sol continuaron con su plan de hostigamiento. Nunca supe si la veintena que me perseguía era la misma de Peulla o venían haciendo carrera de postas, los muy malditos.
Llegué a Puelo. La villa se encontraba al otro lado del río homónimo pero faltaba un detalle: el puente. Existía una pequeña balsa de chapa que cruzaba a los pocos vehículos que osaban aventurarse hacia el pueblo. Los seres humanos de a pié -o en bicicleta- podían hacerse cruzar por una decena de boteros que esperaban en ambas riberas cual taxistas en una parada.



Me instalé en Puelo Alto, y por la tarde me fui descargado hasta el lago Tagua Tagua, a 12 kilómetros de allí. La bici al rodar sin peso volaba.
Al llegar a una pequeña cornisa tuve que suspender la marcha. La base del camino estaba inundada de bloques de piedra de tamaños que iban desde el de una pelota de fútbol hasta el de un lavarropas. Acababan de volar un pedazo de pared. Observé más adelante a un grupo de militares ocupados en la construcción de la ruta. Apoyé la bicicleta en el suelo y salí a caminar hacia ellos por arriba de los escombros.
Mientras esperábamos que se efectuase otra detonación, le pregunté al jefe de la cuadrilla si era posible pedalear mas allá del Tagua Tagua para regresar a Argentina vía lago Puelo. "¿Con la bici cargada?", repreguntó desconfiado mirando a mi rodado que había quedado unos 100 metros detrás. "Mmm... lo veo dificil", agregó con una sonrisa inquietante y mordaz.
Continué a pie hasta el lago. "La senda a Argentina no es mala, pero va a tener que cargar la bicicleta al hombro hartas veces, pues", me confirmó una pobladora en forma lapidaria. "Hay muchos cruces de arroyos", concluyó. Por un instante me imaginé arrastrando la bicicleta cortejado por cientos de tábanos. La escena me levantó fiebre.
Me acerqué a la orilla del lago y antes de pegar la vuelta me despedí de esa imagen con un hasta pronto. Con ó sin bici sabía que en algún momento por allí me iba a meter.

lunes, noviembre 07, 2005

No hay dos sin seis

Febrero de 2000. Cuando mi amigo Andrés y yo diseñamos la travesía por el valle del río Puelo, no imaginamos que 15 días antes de viajar seríamos seis. Primero se engancharon Marcelo y Guillermo, y más tarde Javier y Pablo. Toda una incógnita ya que apenas nos conocíamos. Fue uno de los mejores viajes de mi vida.


Al zarpar del muelle del lago Puelo rumbo hacia la cordillera, cada uno de nosotros sabía que permaneceríamos aislados del mundo durante casi una semana. Eso es lo que demandaba el trekking a lo largo del valle del río Puelo, que nace en el brazo oeste del lago homónimo y tras serpentear unos 80 kilómetros, vierte sus aguas en el fiordo marítimo de Reloncaví. Y eso fue lo primero que se les advirtió a los debutantes Javier y Pablo, por si se arrepentían a mitad de camino.


A poco de desembarcar en los confines del lago, un cartel dentro del bosque nos daba la bienvenida a Chile, avisándonos que a 7 kilómetros nos esperaba el Retén de Carabineros y a 46 Llanada Grande, lo más parecido a un poblado que encontraríamos a lo largo de la ruta.
Son pocos los metros que recorre el río en forma de espumosos rápidos hasta dar paso al lago Inferior. La senda se fue montando sobre la escarpada costa norte del espejo, cuyas aguas, al igual que las del Puelo, lucían un color turquesa deslumbrante. La aspereza del terreno fue arrancando las primeras puteadas del viaje. "¡Cómo! ¿No era todo en bajada?", preguntó álguien, suponiendo que por marchar desde la cordillera hacia el mar avanzaríamos por simple acción de la gravedad.


Pasamos la noche en el extremo sur del lago Las Rocas, a metros del Inferior y del retén de Carabineros.
La picada a partir de aquí fue llevándonos a través de la costa oriental del primero. Este espejo alberga a una pequeña isla que, según nos confiaron, es propiedad de una solitaria francesa llamada Françoise. Muchas son las historias que se tejen en torno a esta mujer, sobre todo si emanan de las afiebradas mentes masculinas.
Un feroz aguacero nos pescó unos mil metros antes de llegar a la cabecera sur del lago Azul. Nuestro aspecto lamentable llevó al poblador Miguel Gallardo a darnos asilo en su casa.
Gallardo, junto a su esposa Miroslava, vivía de la tierra y de la cría de animales. Su único contacto con el mundo era una vieja radio que apenas sintonizaba alguna emisora de Puerto Montt. "Fui una sola vez en mi vida", confesó la mujer al preguntarle si conocía a esta no tan lejana ciudad. Descubrimos que el grado de aislamiento era enorme; todo era de a pie o a caballo.
La ropa mojada fue a parar arriba de la cocina económica y nosotros, casi en bolas, terminamos "deleitando" al matrimonio con un recital de rock nacional, ayudados por una guitarra desafinada que colgaba de una pared.


Para llegar del lago Azul al Blanco debimos trepar un cordón bautizado como "La Cordillerita". "¿No era todo en bajada?", volvió a preguntar el mismo de antes. El entorno ofrecía en dósis parejas espesas selvas y bucólicas praderas. Los fundos privados eran antecedidos por tranqueras deliberadamente inclinadas para que quedaran cerradas por su propio peso. Un vecino del lago Totoral -Günther- abasteció nuestras mochilas con pan y queso caseros. Entusiasmada por el encuentro, su pequeña hija Glenda quería que compartiéramos esa noche con ellos.


Pasamos de largo Llanada Grande y, después de soportar otro chaparrón, aterrizamos en lo del poblador Néstor Diocares. Su chacra estaba ubicada sobre un faldeo y allí pasaba sus días en compañía de su esposa y de sus dos hijos, Víctor y Priscila. "Una vez me prestaron un televisor para seguir a Chile durante el mundial de Francia", nos contó Néstor, agregando que la imagen era tan mala que no lograba distinguir las camisetas.
Le preguntamos si esa noche era posible comer cordero. Luego de pensarlo un rato manoteó el lazo y se mandó con su hijito en busca de alguna pobre oveja. Mientras carneaban al desdichado animal, el pichicho de la familia nos miraba de reojo y preocupado. "Espero que a estos seis no se les antoje carne de perro mañana", estaría pensando.


El valle se volvía ancho y plano. Un trecho más adelante el Puelo recibía las aguas del río Manso y lo cruzamos gracias a la ayuda de un botero. La idea de regresar a Argentina a través del valle de este último quedó descartada. Entre ampollas y dolores musculares el estado de nuestros miembros inferiores era deplorable.
A partir de allí continuamos la marcha por un camino de autos que, según dicen, llegaría en un futuro hasta Llanada Grande.
El último lago del valle era el Tagua Tagua, sobre el cual navegaba un modesto transbordador capaz de cargarse autos, camiones, seres humanos y ganado. Casi al anochecer lo abordamos.


Por la mañana, una chata nos recogió en el extremo norte del lago y recorrimos los 12 kilómetros que nos separaban del poblado de Puelo. Como un aluvión, vinieron a mi mente las imágenes de aquel viaje en bicicleta hecho por estos mismo pagos un par de veranos atrás. No pude evitar un pequeño cosquilleo. Aquella premonición que me asaltó a orillas del Tagua Tagua era ya una realidad.

Manso y no tan tranquilo

Febrero de 2001. La travesía por el valle del río Manso era la gran deuda pendiente del año anterior. Mis ex compañeros del Puelo andaban desparramados, pero rápidamente encontré reemplazantes. Recuperé a Gabriela y a Casimiro y nos largamos. Durante esos cinco días de marcha, además, íbamos a tener una inesperada compañía.


"Tranquilos chicos, en Febrero no hay tábanos", sentencié confiado ante Gaby y Casimiro, mientras aterrizábamos en El Manso, paraje situado sobre la orilla sur del río homónimo y a más de 100 kilómetros de Bariloche. No terminé de pronunciar la frase que se escuchó el primer zumbido violando la paz de nuestro espacio aéreo. "Los atraen los caballos", me atajé antes de que me putearan, señalándoles un grupo de equinos que pastaban cerca nuestro. El tiempo, de todas maneras, me daría la razón ya que de aquí en más no joderían, los guachos.


Pasamos la primera noche en un camping de El Manso. El lugar tenía una playita de arena que invitaba al chapuzón. Un puente colgante nos franqueaba el paso hacia la margen opuesta del río, desde donde arrancaba la senda hacia Chile. Unos 12 kilómetros tendríamos hasta la brecha de entrada al país vecino, ubicada a sólo 400 metros sobre el nivel del mar. A media mañana partimos.


La picada se internó en un bosque oscuro, sucedido cada tanto por algún asentamiento rural semihabitado. El cielo lucía gris pero no llovía.
Al abandonar el puesto de Gendarmería un perro decidió seguirnos. El animal se veía robusto, no parecía vagabundo. Intentamos ahuyentarlo para que no se alejara de su amo y perdiera el camino de regreso. El perro no entendía razones. Nos dimos por vencidos y el pichicho pasó a engrosar nuestras filas.
Los kilómetros se acumulaban y el límite se hacía rogar. Unos pobladores que venían en dirección contraria nos iban a orientar. "Ya están en Chile, po", nos avisaron con sonrisas piadosas, sospechando que acababan de matar nuestra ilusión de poder tomar la foto de rigor en la frontera. "¿Y a pata?", preguntaron agrandando los ojos cuando les explicamos orgullosos nuestro plan de atravesar todo el valle. Uno de los lugareños reconoció al perro. "¡Es 'el Moreno'!", exclamó entusiasmado refiriéndose a un animal que había desaparecido tiempo atrás.


La lluviosa noche nos vió acampando en el paraje fronterizo de El León, en los fondos de la casa del poblador Delgado. La gente, en general, era muy hospitalaria y casi todos vendían productos caseros. El perro, que seguía sin despegarse de nosotros, durmió junto a la carpa y cada vez que entrábamos a algún lugar cerrado permanecía obediente en la puerta.
Corrimos la hora de salida para después del almuerzo ya que queríamos echarle un vistazo a los alrededores. Nuestra tentación tenía nombre y apellido: Etelvina Bahamonde, o mejor dicho su propiedad, a la que un hito fronterizo instalado en pleno jardín dejaba mitad en Argentina y mitad en Chile.
La curiosa atracción se hallaba al otro lado del encajonado río pero, ¡oh, caramba!, no había puente. Para cruzarlo debíamos subirnos a una especie de canastita-cablecarril para dos, suspendida a unos 15 metros de la superficie del agua e impulsada por una palanca de hierro. ¡¡Y nosotros éramos tres!! El curioso aparato no funcionaba sin un cristiano arriba, de manera que debíamos cruzar dos y volver uno a buscar al tercero. ¡¡Y que no se cayera al agua la palanca porque había que llamar a los bomberos!!
Mientras nos entreteníamos con la acrobática operación se produjo el hecho mas conmovedor del viaje. El perro, al observar que nos mudábamos a la orilla opuesta sin él, se lanzó barranca abajo entre las cañas y con gran decisión se largó a cruzar el río a pesar de la corriente. Jamás entendimos el por qué de semejante acto de fidelidad.


Continuamos peregrinando cordillera abajo. No hace falta aclarar que al regresar de los Bahamonde nuestra mascota volvió a cruzar a nado el río. El valle, entretanto, se hacía muy estrecho y el Manso se encajonaba entre oscuros paredones de roca y selva impenetrable.
La senda comenzó a probar nuestra fortaleza física y mental. Los arroyos que interrumpían la huella se deslizaban sobre los profundos tajos de la ladera, lo que significaba bajar y subir todo el tiempo, maldita sea. Las bajadas eran igualmente penosas haciéndonos celebrar el haber llevado los bastones. Por suerte cada tanto atravesábamos alguna que otra pradera de altura, que se convertían en el remanso ideal para recuperar el aliento.
Los ríos tributarios del Manso eran los puntos de referencia más notables para determinar nuestra posición. La experiencia nos aconsejaba no tomar al pie de la letra el cálculo de los lugareños sobre las horas de marcha en relación a las distancias. Ellos se desplazaban en su mayoría a caballo y la velocidad de estos animales es sensiblemente superior a la de un ser humano penando con 15 o 20 kilos en la espalda. "¿Al río Steffen? Y... serán dos o tres horas", estimó uno al pasar cuando en realidad faltaba un día entero. Nos acordamos de la madre del paisano, y de la hermana, si es que tenía.
El perro seguía a nuestro lado y en matería gastronómica no le hacía asco a nada. Si no fuese este un relato de trekking hablaría de su curioso comportamiento y de lo que era capaz de hacer por nosotros. ¡¡Si hasta corrió a mordiscones en el culo a unas vacas que nos bloqueaban la huella!!


Bien pasado el río Steffen la ruta se presentó en franco descenso. Y era hora de que así fuera. La picada nos dejó a nivel del río y cerca de su orilla. El valle se volvió amplio y plano. Un almacén, que junto a un puñado de casas se levantaba al inicio de un camino de autos, nos dió la bienvenida a la sociedad de consumo.
La nueva ruta nos guió hasta la confluencia del Manso con el Puelo, y para mí ya era terreno conocido. Un ejército de obreros trabajaban en la construcción de un importante puente sobre el primero. Comprendí que la ruta a Llanada Grande era todo un hecho. Seguimos caminando en busca de la cabecera sur del lago Tagua Tagua. En el extremo norte trataríamos de conseguir algún vehículo que nos llevara hasta Puelo Bajo, y mas tarde intentaríamos subir hasta Puerto Montt.
"¡¡Es 'el Moreno'!!", reaccionó sorprendido uno de los militares destinados en la zona del lago al vernos aparecer junto al perro. Su versión de la historia decía que el popular animal había partido hacía algunos años detrás de un mochilero, abandonando a su antiguo dueño. Le pedimos que al marcharnos se encargara de él.

Embarcamos. El transbordador se apartaba lentamente de la costa y nuestros ojos se humedecían de tristeza al ver como nuestro fiel compañero luchaba por escapar del lazo que lo sujetaba para que no se arrojara al agua. Inesperado desenlace para una travesía en la montaña. Curioso final para una historia que bien podía haberse titulado "La leyenda de El Moreno".

Patagonia Profunda

Este viaje planeado con Gabriela y el Casi, terminó de definirse apenas supimos que el cruce del lago O'Higgins era posible. Y no era un dato menor; se tendía el puente entre la zona de El Chaltén y los confines de la XI Región de Chile. Los preparativos consumieron horas de charlas, reflexiones y discusiones. Y al tratarse de lugares tan aislados, tampoco faltaron los temores.

PRIMERA PARTE:
EL ENIGMATICO LAGO O'HIGGINS

La localidad santacruceña de El Chaltén nos recibió más iluminada que nunca. Pero, contrariamente a lo sucedido en otras ocasiones, esta vez no nos quedaríamos a disfrutar de sus senderos. A decir verdad, nuestro viaje arrancaba a unos 35 kilómetros al norte de allí. Con todo a cuestas, nos trasladaríamos hasta el extremo sur del lago del Desierto para iniciar una travesía, para nosotros, inédita.

La combi que nos había levantado bien temprano en El Chaltén nos depositó, un par de horas más tarde, en las cercanías del lago. Cruzamos el río de las Vueltas por lo que quedaba de un puente colgante e iniciamos el trekking hacia la punta norte a lo largo de su margen oriental.
La marcha por el bosque no era complicada, pero se hizo interminable porque veníamos cargados como mulas. Sería injusto no avisar que también existe una lancha que efectúa el mismo recorrido, abreviando a media hora lo que a pie demanda más de cinco. Pero la aventura es la aventura...
En la cabecera norte nos encontramos con un puesto de Gendarmería y un refugio muy bien equipado. El lugar era agradable, reparado, y tenía una vista privilegiada de la cara norte del cerro Fitz Roy.

Dormimos en el refugio y partimos livianos a pasar la noche a otro puesto avanzado: el del río Diablo, ubicado al oeste y sobre el límite con Chile.
Esta caminata no fue menos larga y, como es un lugar poco transitado, la huella en algunos pasajes se perdía. El valle del río Diablo es algo trabado y tiene una serie de trepadas sobre el final. Existen partes bellísimas de bosque y sectores con grandes y pegajosos mallines. El refugio resultó ser un chaperío deshabitado con cuchetas, mesa, banquetas y una salamandra desvencijada. Pero como suelo afirmar en estos casos, el cansancio y las inclemencias del tiempo hacen de cuatro paredes y un techo un lujoso 5 estrellas.
Siguiendo un ratito más hacia el oeste, llegamos al límite, un gigantesco balcón natural que permitía ver al glaciar Chico cayendo desde el Hielo Continental sobre un brazo del lago O'Higgins, obviamente en Chile. Cerca de allí se encontraba un retén de Carabineros y los gendarmes nos aconsejaron no internarnos demasiado: ese es un paso no habilitado y vaya a saber de qué humor andarían los militares chilenos.

De regreso a la punta Norte del lago del Desierto, partimos definitivamente y con idéntico rumbo en busca del paso fronterizo de Laguna Larga.
En un par de horas alcanzamos territorio chileno. El angosto sendero se convirtió en un camino de coches que, en forma de suave pendiente, descendía hacia el cuerpo central del lago O'Higgins.
En unas 5 horas desde el límite llegamos a Carabineros y acampamos en Candelario Mancilla, una bahía desde donde zarpaba la lancha que nos cruzaría al día siguiente hasta Villa O’Higgins. Este servicio funcionaba solo en verano y nada más que los viernes; por eso era vital llegar, como mucho, 24 horas antes para evitar sorpresas y no quedar varados allí una semana.

El cruce fue estupendo; el lago tiene un color verde/turquesa que deslumbra. Además, hacia el oeste, se mostraban unos cerros con glaciares imponentes. Este espejo es binacional y del lado argentino se llama San Martín. De hecho, la lancha navegó un angosto fiordo que divide a ambos países; la orilla izquierda era Chile y la derecha, Argentina. El clima seguía de nuestro lado, y en estos parajes, créanme, es una bendición.

SEGUNDA PARTE:
LA MARCHA DEL SAN LORENZO

Unos días de ocio repartidos entre Villa O'Higgins, Puerto Yungay y la increíble Caleta Tortel, sirvieron como preludio a nuestra incursión por los alrededores del cerro San Lorenzo. El propósito era hacer un trekking de 7 u 8 días rodeándolo.

Desde el pueblo de Cochrane, una camioneta nos acercó a la frontera con Argentina, debido a que el San Lorenzo oficia de límite. Vadeamos a pata un arroyo helado y arrancamos de rigurosa infantería hasta lo del poblador Luis Soto, quien vive junto a su familia a los pies del cerro. Este hombre, además, nos llevó las mochilas en un caballo pilchero, ya que pesaban un infierno, las muy malditas.
La casa estaba rodeada de un paisaje maravilloso. A metros de allí bajaba el río Tranquilo y al fondo del valle se veían los glaciares de la cadena Cochrane, que se desprende del macizo del San Lorenzo.
A la mañana siguiente, Soto volvió a hacerse cargo de nuestras mochilas para guiarnos esta vez hasta territorio argentino. El plan era caer al valle del río Oro (que desagua en el lago Pueyrredón), cruzarlo en su nacimiento y bordear el glaciar de la cara oriental del San Lorenzo para alcanzar el puesto homónimo.
Trepamos algo hacia el este y caímos al valle del arroyo San Lorenzo. Al fondo de esta pampita nos esperaba otra corta subida, esta vez para entrar a Argentina. Vale aclarar que este paso no estaba habilitado, por lo tanto, amén de lo que hiciéramos en suelo argentino, estábamos obligados a regresar a Chile y salir "legalmente" por otro lado.
En territorio argentino, Soto y sus caballos pegaron la vuelta, o sea: a penar otra vez con las mochilas. Seguimos solos un buen trecho, y al llegar a las nacientes del Oro observamos que era imposible atravesarlo: el río bajaba desbocado y arrastraba bloques de hielo que nos iban a partir en cuatro. La explicación para semejante crecida era el calor, inédito para esta región de la Patagonia.
Desensillamos y acampamos en el playón del río con vista a la cara noreste del San Lorenzo.

Desechado el último tramo de la travesía, nos volvimos a meter en Chile y encaramos hacia el Campamento De Agostini, que está en el fondo del valle del arroyo San Lorenzo y tiene vista de toda la faz norte del cerro. Allí, dentro del bosque, se conservaba intacto el refugio que construyera el padre De Agostini en ocasión de su primera ascensión, en 1943. A metros hay otro refugio construido hace pocos años, y tiene comodidades como para quedarse unos cuantos días realizando caminatas cortas o usarlo de base para intentar la conquista del San Lorenzo.

A partir de aquí solo restaba desandar la huella hacia lo de Soto para gestionar nuestro regreso a Cochrane. De allí seguiríamos a Coyhaique, Comodoro... y finalmente Buenos Aires.
Nuestro viaje terminaba con las sensaciones de siempre: la del orgullo por lo realizado y la de saber que nos queda muchísimo aún por recorrer en esta Patagonia profunda, casi "exclusiva". No es imposible. Se requiere tiempo, ganas, buenas compañías, esfuerzo, suerte con el clima, y un paciente trabajo de búsqueda e investigación. También un poco de obsesión ...y de locura.

lunes, octubre 24, 2005

Enemigos íntimos

¿Quién, estando de vacaciones de verano en el Sur, no ha sufrido alguna vez el acoso de los tábanos? ¿Quién no ha tenido deseos de exterminarlos sin la más mísera piedad? Bienvenidos al club, entonces.


Muchas veces, amigos y conocidos, intrigados por mis aventuras patagónicas, me interrogan sobre los peligros de la fauna autóctona, a los que les respondo que tales peligros no existen. No hay serpientes, no hay arañas venenosas, no hay insectos transmisores de enfermedades, y la escasa fauna huye -y con justa razón- ante el paso del hombre. Los únicos que rompen los huevos y con ganas son los insoportables tábanos.
¡¡Están en toda la Patagonia, los muy malditos!! Los hay chilenos y argentinos. La variedad nacional es como una abeja pero con rayas grises y negras. Los de fabricación trasandina asustan; son el doble de tamaño de los nuestros y lucen un color negro lustroso con manchitas amarillas. Parecen aceitunas negras con alas y aguijón. De todas maneras no hay que confiarse, estos mierdas se ríen de los controles fronterizos y cada tanto se cruzan a uno u otro lado de la cordillera sin siquiera actualizar el pasaporte.
Nadie sabe mucho acerca de los tábanos pero hay algo seguro y lo he comprobado yo mismo: entre fines de Diciembre y fines de Enero te violan. En lo que a mi respecta no me agarran mas. Salvo causa de fuerza mayor la Patagonia jamás me verá el pelo durante esta época del calendario.
Es bueno saber que para esta especie del demonio las variables climáticas influyen bastante en su comportamiento. El viento, el frío y la lluvia los ahuyentan; pero si hay sol y hace calor... ¡¡¡prepárense para la guerra!!!
Matarlos es tarea sencilla pero requiere rapidez y decisión. Si bien son mas pesados que moscas y mosquitos cuando de escaparle al manotazo se trata, tampoco son tan giles como para quedarse a esperarlo. Para mi gusto, el método mas limpio es aplicarles una palmada corta y seca, dejar que caigan al suelo, y una vez allí saltarles encima. Y es importante pisarlos porque los tábanos, contrariamente a lo que parece, casi siempre caen vivos y tras recuperarse del aturdimiento levantan vuelo y vuelven otra vez a romper las pelotas. La palmada demasiado violenta, en cambio, constituye un método bastante sucio; los tábanos, sin duda, fallecerán en el acto, pero nos quedarán como un huevo frito sobre la piel ó la ropa y el juguito pegado en toda la mano.
Hay otros métodos de exterminio pero no me animo a divulgarlos. Horrorizaría por igual a ecologistas y genocidas.

De timonel a marinero raso

Enero de 1995. Unos primos lejanos que viven en Bariloche aprovecharon que andaba medio al pedo por allí para invitarme a correr una regata en el Nahuel Huapi. Sabían que yo era timonel y que me apasionaba la náutica. Por supuesto, acepté; pensé que sería una buena propuesta como alternativa a los duros trekkings por la montaña. Iluso de mí.

La cita fue un viernes al mediodía en el Club Náutico Bariloche. Cafecito de por medio, mis primos Gabriel y Martín me pusieron al tanto de los vericuetos de la competencia, que se desarrollaría a lo largo de viernes, sábado y domingo en el gran lago. La cosa era así: en una primera etapa uniríamos Bariloche con Piedras Blancas, en la isla Victoria, y en una segunda Piedras Blancas con el Country Club Cumelén, al toque de Villa La Angostura. Una vez arribados se correrían un par de triángulos olímpicos cerca de la costa.

Tras algunas gestiones decidieron que correría junto a Martín en el "Jaque Mate", un velero de 27 pies que figuraba entre los candidatos. Gabriel lo haría en el "Lucero del Alba".
Abordé tímidamente mi barco y recibí la bienvenida del resto de la tripulación: Pablo, Ian, Gonzalo, y Carlos, este último dueño del "Jaque". Exceptuando el capitán, que arañaba los 60 pirulos, el resto promediaba los 22.
En el cielo no había una nube, pero en el lago el oleaje era más que respetable. Yo, que había llegado de pantaloncitos cortos, empecé a mirar con preocupación a mis compañeros que, con rostros de velorio, iban colocándose los trajes de agua y los chalecos salvavidas. "¿Así vas a navegar vos?", me preguntó irónicamente uno de ellos. "En el medio del lago no te van a alcanzar las manos para darle al ron", agregó lapidario. Temblé. Sacaron de por ahí un traje que sobraba y me lo prestaron. Con dificultad me coloqué también un viejo salvavidas.
La largada estaba prevista para las tres. Lentamente salimos al lago a testear la fuerza del viento y a elegir las velas.

Sonó la sirena y se largó la competencia. Una decena de barcos puso proa a la isla Victoria y se acababa la joda, había que laburar.
Unas olas enormes golpeaban el casco y la escora (inclinación del barco) era importante. De a poco fui descubriendo la personalidad y la función de cada uno en el barco. Martín casi monopolizaba el timón, Carlos lo secundaba y un poco ayudaban Ian y Gonzalo. Los que no timoneábamos -por incapacidad, por supuesto- permanecíamos inmóviles, sentados sobre la banda de babor en la difícil misión de reducir la inclinación del barco.
Amargamente comprendí el por qué de los trajes de agua. Cada panzazo del casco originaba una pesada lluvia helada que nos bañaba con fuerza y nos colocaba al borde de la hipotermia. Pese al traje sospechaba tener todo el cuerpo mojado. Lógicamente no había forma de disipar tal duda, en razón de que estaba prohibido por la "capitanía" moverse del lugar. ¡¡Y yo que soñaba con cruzar alguna vez el Cabo de Hornos!!
Con el tiempo -y a los golpes- la realidad me demostraba que una regata no se parece en nada a una simple navegación por placer. Cada minuto que se pierde cuenta. Cada segundo, diría mejor. La tripulación se pone histérica, sobre todo los que deben tomar las decisiones. "¡¡¡Sentate derecho, carajoooo!!!", me gritó alguien, apenas recosté mi espalda exhausta sobre el lomo de la cabina. "¡¡¡Armandoooo!!! ¡¡¡El cuerpo hacia afueraaaa!!!", me ordenó Martín ya sacadísimo, al advertir que mi espalda se apoyaba en la vela proa y le hacía "perder" velocidad al barco. ¿Quién me mando a venir a este loquero?, me cuestionaba seriamente mientras además me descostillaba de frío. A mi lado estaba siempre Pablo, quien no la pasaba mucho mejor. Nos sentíamos como remeros fenicios esperando los azotes. ¡Y lo peor era no contar con argumentos sólidos para pararles el carro! Todo se hacía en pos de la victoria.
La llegada se veía al alcance de la mano pero, cual implacable Ley de Murphy, el viento provenía de ese lugar. A tirar bordes, entonces. Esto significaba navegar en zig-zag y trabajar el doble, debido al reiterado paso de las velas de una banda a la otra. Todo debía ocurrir en una fracción de segundo, incluso la frenética corrida de los "contrapesos" humanos de babor a estribor, y viceversa.
Muchas viradas hicieron falta para ser saludados al fin por una bandera que flameaba desde una inmensa roca blanca. En el agua entramos cuartos, pero como se computan los handicaps, las esloras, y la mar en coche, había que aguardar los resultados finales.
Nos amarramos todos a un viejo muelle y corrimos a abrazar tierra firme cual sobrevivientes de un tifón en el Caribe.


Al mediodía siguiente se largó la segunda etapa. Una tenue brisa de popa desempolvó a los spinnakers y le aportó color a la regata. Aunque fue una ilusión pasajera; con el correr de los minutos la calma chicha se apoderó de la flota y nos sumergió en una siesta.
Navegar entre montañas permitía apreciar fenómenos curiosos, como ver que un velero situado a solo 500 metros avanzaba y el nuestro no. A veces se daba a la inversa y éramos nosotros quienes le hacíamos pito catalán al resto. Paranoia era la palabra exacta para definir nuestro estado. Prendíamos cigarrillos y espirales para detectarle una mínima dirección al viento. Subíamos spinnaker, bajábamos vela de proa. Subíamos vela de proa, bajábamos spinnaker. La mayor se paseaba de una banda a la otra.
Para combatir el aburrimiento y la sed, a los chicos se les dió por tomar cerveza. Gran idea. El voluntario que bajaba a buscarlas al camarote era cagado infalíblemente a pedos por el resto, ya que para no desestabilizar al barco debía extraerlas del refrigerador como si estuviese desactivando una bomba o jugando al jenga.
A la altura del corredor que separa a la isla Victoria de la península de Quetrihué recibimos una brisita salvadora del norte que nos llevó haciendo bordes hasta el paradisíaco Cumelén. El barco entró quinto, nosotros para el manicomio.




Después de disputarse de los dos triángulos olímpicos, el domingo al mediodía se entregaron los premios. El ganador fue un barco de Cumelén. El "Jaque Mate" salió segundo. Me puse contento, aunque estaba bien seguro de que no había sido precísamente por mi penosa actuación.
De a poco nos fuimos desconcentrando. Los del country retornaron a sus modestos "ranchitos" y a sus estresantes partidos de golf. Yo me embarqué en el "Aprendíz", el barco de Carlitos, el papá de mis primos.
La vuelta fue divertida. Nos abarlovamos (atamos con cabos) al "Lucero del Alba" y a motor comenzamos a desandar juntos el extenso derrotero de las dos jornadas anteriores. El extraño catamarán se transformó en una especie de comedor y bar flotantes donde reinaba la buena onda y la distensión. Palabra, esta última, echada de menos durante ese largo y desopilante fin de semana náutico.