Cómo llegar a Melinka y no morir en el intento


Breve esquema de nuestra travesía de 5 días en el volcán Puyehue. La dura trepada inicial hasta el refugio nos hizo transpirar más que testigo falso. Luego vino el ascenso hacia la cumbre, y el resto fue una caminata por un inmenso plateau volcánico que no presentó grandes desniveles. Las "exploraciones" fueron intentos frustrados de bajar al valle del río Nilahué para salir por el lago Ranco, una empresa condenada de antemano al fracaso, ya que un reciente temblor -eso nos dijeron antes de subir- había hecho estragos con la precaria senda. A quienes quieran conocer más detalles sobre este trekking los invito a leer el gracioso relato de mi amigo Leandro en su blog:
Vista desde la cumbre del volcán Puyehue. A la derecha se ve parte del cráter y al fondo se aprecia la Cordillera del Caulle con sus ríos de lava solidificada. Vaya a saber qué extraño fenómeno del éter hizo que arriba tuviéramos señal de celular. No hace falta aclarar lo que hubiese hecho cualquier argentino en tal situación: al minuto de gritar "cumbre" llamados y SMS hicieron circular la noticia por el mundo entero. Un grupete de israelíes que había trepado con nosotros observaba impávido la escena. El Bambino hubiera dicho: "¡La cumbre parecía un locutorio!... ¡¡Una cosssa de locosss!!".
Guille y Leandro en un descanso bajando de la cumbre del volcán. Al fondo se ve el lago Puyehue y parte del valle del río Gol Gol, por donde se desplaza la ruta internacional que va de Villa La Angostura a Osorno.
Paisaje de dunas que domina el sector de Los Baños. Arroyos de agua a muy alta temperatura se mezclan con otros de agua fría formando pozones aptos para un relajante e inolvidable chapuzón. El guardaparque nos aseguró que el consumo de estas aguas favorecía la actividad intestinal. No fue mi caso, para sorpresa -y decepción- de mis compañeros.
Esta laguna seca está camino hacia Los Geisers y la llaman El Estadio. Si hacen el experimento de bajar a alguien hasta aquí en helicóptero y con los ojos vendados, lo último que pensaría es que está en la Patagonia. 
Archivadas las mochilas por unos días, con auto alquilado salimos a recorrer parte de la Décima Región. Como despedida del trekking, con Lean, Guille y las chicas fuimos a clavarnos unos marisquitos a Angelmó, en Puerto Montt. El gran hallazgo de ese día -además de sabrosos locos, centollas y jaivas- fue un pintoresco camino que une Frutillar con Puerto Octay bordeando el lago Llanquihue.
Cabecera oeste del lago Ríñihue. Hace casi medio siglo, este espejo fue protagonista de un episodio que pudo haber terminado en tragedia. A raíz del violento terremoto que sacudió a esta región en mayo de 1960, se formó sobre su desembocadura un taco de tierra que impedía la salida de agua. Detalle más grave aún teniendo en cuenta que este lago es receptor de todos sus vecinos: el Calafquén, el Panguipulli, el Pirehueico y hasta el Lácar. El nivel comenzó a subir y el temor era uno solo: que el taco cediera y en cuestión de horas las aguas arrasaran con todo a su paso y terminaran borrando del mapa a la ciudad de Valdivia. Con gran esfuerzo centenares de hombres fueron abriendo canales artificiales y evitaron el desastre.
Playa de Puerto Fuy, en el lago Pirehueico. El lago es cruzado diariamente por una barcaza que deja a los vehículos a 16 de kilómetros del paso Hua Hum, "al tiro" de San Martín de los Andes. Aquí pasamos la noche luego de dejar atrás Panguipulli y bordear todo el lago homónimo.
Vista del volcán Villarrica desde el pueblo de Pucón, lo "top de lo top" del sur de Chile. Nuestro pequeño autito se abrió paso entre monstruosas 4 x 4 que no habíamos visto en ninguna otra parte.
Pueblo de Queule, ubicado en una caleta a orillas del océano Pacífico. Aquí dormimos en unas cabañitas a 6 lucas la noche (1 dolar=470 pesos chilenos), con televisor y baño privado. Una ganga. En realidad, sabiendo moverse y buscando precios, no es caro vacacionar en esta parte de Chile. Hasta el alquiler del auto nos resultó más barato que en Argentina. Donde nos abrocharon, en cambio, fue con la nafta (1 litro=635 pesos=1,35 dolar).
Llegando a Mehuín, otro pueblito costero ubicado al sur de Queule. Los 6 kilómetros que separan a ambos son una sucesión de hermosas caletas que se contemplan desde lo alto de los acantilados. El día anterior habíamos llegado justo para ver la puesta de sol sobre el mar. Qué lujo
Costanera de Mehuín. El cartel de la foto está relacionado con el episodio del lago Riñihue. Aquel terremoto que tuvo como epicentro a la ciudad de Valdivia originó minutos después dos maremotos consecutivos que destruyeron casas, vidas y cambiaron la fisonomía de varios parajes costeros. Esto ocurrió hace 48 años, pero...
Pueblo de Llifén, sobre la costa oriental del lago Ranco. Después de recorrer infinidad de pueblos, generalmente uno hace un balance, y creo que este es uno de esos lugares donde elegiría quedarme unos días con amigos, una selección de CD's de soul y jazz y un champucito para descorchar durante cada atardecer. No pide nada, el tipo.
Imagen del glaciar Hielo Azul, al cual se llega después de patear unas 5 horas desde El Bolsón hasta el refugio, y a partir de éste un par de horitas más. Al igual que en Bariloche, los alrededores de El Bolsón están llenos de refugios para visitar y, al menos por donde anduvimos nosotros, las picadas estan excelentemente marcadas. Prolijos y creativos cartelitos señalan los tiempos de marcha y hasta dan palabras de ánimo para los caminantes más fisurados.
Alrededores del refugio Hielo Azul. Allí cobran 25 mangos la noche, con derecho a baño, duchas y uso de cocina y cacharros. También preparan comidas para aquellos que no quieran penar con pesados víveres en las mochilas. El lugar está muy copado y da para quedarse un par de días caminando o haciendo huevo bajo el sol.
Cajón del río Azul. Se llega bajando desde el Hielo Azul o directamente desde un camino vecinal en las afueras de El Bolsón. Allí también existe un refugio y es posible seguir internándose en el valle donde se encuentran dos refugios más.
La cita era bien temprano en el puerto de Tortel y la razón era simple: el glaciar Jorge Montt se encontraba a 5 largas horas de navegación, solamente de ida. Allí, junto a mis amigos Gabriela y Casimiro nos encontramos con el resto de los excursionistas, unos 1o u 11, contados así al voleo. Pero sus caras no eran de dicha sino de preocupación: el clima estaba medio fulero (mirándolo con un solo ojo) y había una familia que tenía flor de cagazo de salir.
Rápido de reflejos, el ayudante del capitán se arrimó hasta la Capitanía de Puerto a buscar algún dato tranquilizador. "No hay problema, nos autorizan a salir", lanzó con fingido entusiasmo para evitar la desbandada. No hubo caso; la temerosa familia no estaba dispuesta a subir ni a punta de pistola. Cuatro menos. El resto de los valientes -o suicidas- nos dirigimos no muy convencidos hacia el embarcadero.
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...Zarpamos. La vieja lancha de madera arrancó con claro rumbo sur y a bordo el clima era distendido. El pasaje estaba compuesto por un matrimonio de mediana edad con una nena de unos 12 años, otra pareja más joven, y una dupla de mujeres cincuentonas, bastante joviales y charlatanas. El único "camarote" era un precario cuchitril de 2 por 2 con bancos de madera, y estaba comunicado con la sala de comandos por un angosto pasadizo.
Las primeras 2 horas de navegación transcurrieron a través de canales relativamente calmos; la cosa se puso peliaguda al asomar la proa al Baker, un brazo de mar lo bastante ancho como para permitir que las olas y el viento se abusaran del pobre barquito. Y no recreaban precisamente la famosa canción de Donald. Hacía un frío de cagarse, ya a esta altura llovía, y era imposible moverse del camarote. Se imaginarán. Refugiados albaneses nos sentíamos.
El cruce del Baker se hacía eterno. Toda la ropa de abrigo más unas mantas de lana que habían por allí no daban abasto para amortiguar tanto frío. El encierro nos mareaba y cada tanto debíamos abrir la pesada escotilla de madera para que ingresara aire fresco. No demasiado porque venía con agua. Dulce y salada.
La moral a bordo descendía con la temperatura. El capitán timoneaba concentrado y su acompañante cada tanto nos dedicaba una extraña sonrisa. La chica del matrimonio más joven hizo un anuncio que provocó gracia y a la vez compasión: "tengo ganas de hacer pis, no aguanto más". La inquietud llegó a oídos del copiloto, quien sin perder su indescifrable sonrisa dijo lo que la chica no quería escuchar: el baño era la cubierta. Un dato casi pintoresco si no fuera porque la cubierta carecía de barandas, tenía solo 30 centímetros de ancho y se meneaba al ritmo de una comparsa. Resignada corrió la escotilla y partió rumbo a lo desconocido. Por 5 interminables minutos nadie supo si seguíamos siendo 10 los pasajeros o ya quedábamos 9. Al rato volvió congelada pero a salvo. Yo creo que después de un parto, la experiencia de mear colgada de un barco en plena tormenta va a ser lo segundo que recuerde esa chica como límite de sufrimiento en su vida.
Y es evidente que las mujeres nacieron para sufrir porque al ratito le agarraron ganas de hacer pis a Gaby. Tomó un par de consejitos de su antecesora y partió tambaleante a hacer su descarga al Baker.
Con Gaby nuevamente entre nosotros dejamos el ancho canal y nos acovachamos en el fiordo Calén, algo más angosto y por suerte más reparado. En realidad era una felicidad a medias sabiendo que de regreso lo deberíamos volver a cruzar. E interiormente sospechaba que iba a ser peor.
Al final de este fiordo se veía al glaciar Montt y a su suave entrada hacia el Hielo Continental. Nos acercamos lo que los témpanos permitieron y trepamos a uno de ellos para sacar fotos y hacer el brindis de rigor. El siniestro manto de nubes se desgajó para iluminar tímidamente el glaciar y se volvió a cerrar como advirtiendo: "muchachos, prepárense para lo peor". En una mochila llevábamos la viandita para el almuerzo, pero de mi parte no pensaba hincarle un solo diente; mi poca experiencia náutica me alcanzaba para saber que en medio del Baker, hasta con el sanguchito más pedorro mi estómago se daría vuelta como una media.
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La entrada a canal seguro significó literalmente nuestro regreso al mundo de los vivos. Se ve que ese día no nos necesitaban "arriba". La tarde caía y los resucitados ánimos apenas podían dominar el cansancio. Bien hubiese venido una nave extraterrestre que nos arrancara del agua y nos llevara volando a nuestro destino. Aun quedaban un par de horitas largas hasta Tortel, aunque, después de atravesar esa coctelera, aquello ya era como pasear un domingo soleado por el Delta.

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Un amanecer gris pero sin lluvia nos alentó a seguir internándonos en el valle. El estado de la picada no había variado en absoluto: fango de todos los colores y charcos insalvables excepto en los tramos más críticos, donde se habían colocado listones. "Van a encontrar harta agua", nos advertían trágicamente los pocos que venían de frente. ¡¡¡Como si nosotros viniéramos del Desierto de Atacama, maldita sea!!! La vegetación en estos rincones de Chile es muy cerrada por lo que uno jamás se entera por donde carajo anda o si se perdió. En algunos lugares, la erosión causada por el paso de los caballos había dejado la huella a más de 2 metros de profundidad, lo que daba la sensación de estar entrando al más oscuro de los avernos.
Atrás dejamos a los ríos Traidor y Valverde, y cumplidas las 6 horas de marcha desde La Junta llegamos a El Arco, lugar donde el río homónimo se precipita en cascada por debajo de un arco de piedra, el cual tiene un alerce aferrado sobre él. A unos 200 metros después del río encontramos un refugio municipal con fogón y capacidad para unos cuantos cristianos durmiendo como vainillas.
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Agradecimientos:
A Silvina, del Refugio Cochamó, y a Asegurator, de Santiago de Chile. La información brindada por ambos fue clave para que pudiéramos largarnos tranquilos a realizar esta travesía.
Links consultados:
www.patagonia-asegurator.blogspot.com



Y la tarde que fuimos a comprar el morfi para la expedición fue desopilante. Menos Pato y Gaby estábamos todos. Antes de entrar al súper, El Pipi le comentó entusiasmado a Casimiro que había conseguido una mochila y quería su visto bueno. "Después de hacer las compras la vemos", le respondió Casi.
Cargamos todo y nos vinimos a mi casa para realizar la repartija de alimentos y demás chirimbolos. No recuerdo cuántas bolsas eran, pero sí que desparramadas en el suelo no dejaban un solo espacio libre para caminar en el living de mi departamento.
Como quien saca una carta ganadora, Casi peló una balancita de pescador y se puso a distribuir en siete bolsas iguales esa porción de supermercado que yacía en el piso. Aproximadamente 6 kilos para los hombres y 5 para las chicas. La menuda Toshi levantó el paquete que le tocaba en suerte y se puso pálida al sentir todo lo que tendría que cargar además de ropa y boludeces. Ensayó una protesta que pronto fue ahogada al explicarle que todos llevaríamos lo mismo y más. Creo que recién allí entendió todo lo que yo venía advirtiéndole respecto al sacrificio, al esfuerzo y demás etcéteras. Tarde para arrepentirse.
Y quedó para el final la mochila de El Pipi. "¿Qué te parece, Casimiro?", lanzó inocente mientras todos la observábamos con detenimiento e incredulidad. Cagarlo a trompadas al fabricante de ese engendro hubiese sido poco. El sistema de correas era indescifrable; era algo así como la cinta de Moebius echa en tela cordura.
Con la mochila calzada sobre los hombros de El Pipi, todos tratábamos de meter mano y encontrarle la solución a ese enigma de la física y de la industria textil. Si vacía ya le colgaba a mitad de la espalda, no queríamos imaginarnos con peso. Entre los lamentos de Toshi y la mochila de El Pipi, el viaje se presentaba como una obra de suspenso con final abierto.
Pese a las recomendaciones en cuanto a no cargar cosas de más, ya arriba de el micro rumbo a Bariloche El Pipi peló orgulloso una linterna con radio y sirena incorporadas que funcionaba con ¡¡¡8 PILAS GRANDES!!! Llorabamos de la risa.
Horas antes de salir a la montaña, Hernán se mostró preocupado por el peso de la mochila de Toshi sugiriendo alivianársela. El obvio destino de ese sobrepeso y qué pasó durante el viaje es otra historia y buena parte de ella está graciosamente relatada por mi amigo Leandro en su blog MundoMcFly.
"No hay caso; me sobra talento para pasarla mal", repetía El Pipi días más tarde en medio de la montaña cuando ya no podía más con su mochila ni con su alma.

Camino que nace en la Ruta Nacional 40 y finaliza en el destacamento de Gendarmería "El Bello". En su recorrido atraviesa numerosas estancias como "Río Capitán", "La Ensenada", "Alma Gaucha" y "Entre Ríos" (¡si habré bajado de la camioneta para abrir y cerrar tranqueras, maldita sea!). Viajaban conmigo la inclaudicable Gaby, su primo, el geólogo Carlos Perrot (dueño de la Toyota), y "el Jack", el perro de este último. Al fondo se ven los cerros de la cordillera.
Sector denominado "La Ensenada". Aqui hay que despedirse del camino en buen estado ya que comienza una precaria huella solo recomendable para vehículos de doble tracción... ¡y conductores con buena vista para encontrarla! Acá estábamos buscando un puente de troncos alternativo porque el "camino" principal fue socavado por el río Ñires, que corre paralelo a él. A la salida del puente nos encajamos en un canaletón; o sea: cricket, pala... y a laburar!!
Vista del valle del río Mayer desde unas elevaciones ubicadas al norte del puesto de Gendarmería. La línea fronteriza viene por la cresta del cerro bajo que asoma desde la izquierda, atraviesa el playón del río y vuelve a subir a través del cerro con nieve que se ve en el extremo derecho.
Esta es una planicie elevada que se encuentra camino a la laguna Bello. Al fondo (en dirección sur) se ve parte de la Sierra de Sangra, una de las dos cadenas montañosas que domina la región. El otro cordón es el de la Sierra de las Vacas, cuya máxima altura es el monte Tetris.
Imagen tomada en territorio chileno. El río Mayer pega una cerrada curva hacia el sur y se mete detrás de la colina que se ve en primer plano. Desde Gendarmería hasta la frontera hay una tranquila senda de unos 12 km que se pueden cubrir en 4 o 5 horas. Recién pasando el río Carrera (esperen a ver la foto) hay un sector algo confuso rematado por un pegajoso mallín (¡siempre los mallines!). El retén de Carabineros está casi pegado al límite y desde allí sale un camino de coches que empalma con la Carretera Austral, cerca de Villa O'Higgins.
Cruzando el puente (¿puente?) sobre el río Carrera, de regreso de nuestra caminata a la frontera. Este río trae las aguas del lago Nansen y del resto de los lagos del Parque Nacional Perito Moreno, excepto el Burmeister. Uno de nuestros planes iniciales era llegar hasta el Nansen pero los gendarmes fueron tajantes: "Olvídenlo; tres días de ida mínimo y luchando contra la vegetación". Clarísimos.
Tranquilo regreso al puesto "El Bello" a través de la pampa y los bosques que se extienden sobre la márgen oriental del río Mayer. Pienso que cuando terminen de construir el camino que separa a ambos destacamentos esto se transformaría en un hermoso circuito turístico binacional para hacer en auto o en bici.
A modo de final no puedo dejar de destacar la hospitalidad y la buena predisposición de los cinco gendarmes allí destinados. Nos cedieron un galpón para que lo convirtiéramos en nuestra casa y nos "obligaron" a compartir cada cena con ellos. Quizás les haya caído simpático el hecho de que tres personas vinieran hasta allí a pasar parte de sus vacaciones. El día que partimos nos "escoltaron" unos kilómetros con el Unimog para sacarnos de algún otro posible encaje. Y mejoramos nuestra marca: fueron 2.
El cielo amaneció otra vez encapotado. Con resignación postergamos el desayuno para el camino, ya que no teníamos agua ni para empujar una aspirina. A poco de arrancar, un cartel de madera nos daba la bienvenida a la Reserva Nacional Cerro Castillo, que incluye a todo el macizo y a su entorno.
Salimos del bosque y desembocamos en un enorme playón de piedras por donde corría el río Turbio. Otro cartel reproducía con un dibujo explicativo el perfil de montañas y glaciares que, a causa del clima pedorro, no podíamos ver. Volvimos a entrar al bosque y encontramos el campamento al que debíamos haber llegado la noche anterior. Aquel oscuro y frío lugar sólo estaba habitado por una suiza, y era el primer ser humano que veíamos haciendo lo mismo que nosotros.
Con lluvia ya declarada comenzamos a trepar en busca del paso Peñón, lugar en el que sabíamos que habría nieve y sobre el cual la encargada de Turismo no arriesgó ninguna recomendación. No sé si por muy fácil o muy peligroso.
Con la altura el bosque transmutó en monte achaparrado y este en piedra pelada... y mojada! Lentamente fuimos entrando en las nubes siguiendo las pircas y alguna que otra marca de pintura. Tratábamos de no separarnos porque no se veía a 10 metros y no era nada dificil pifiarle a la ruta.
La pendiente disminuyó y entramos al primer manchón de nieve. Gaby venía detrás mío y cada vez que me daba vuelta la sorprendía aterrizando de culo y repartiendo maldiciones. Casi a la par nuestra venía la suiza, hasta que puso la quinta marcha y se la tragó el tenebroso velo blanco.
Esa gran canaleta de nieve caía ahora hacia el otro lado. Pensamos en el paisaje que nos estábamos perdiendo y nos invadió una gran frustración. La lluvia ya era aguanieve y el frío que se sentía en el cuerpo competía con el que se filtraba por los pies. Mi termómetro marcaba 2 grados, casi insultante para una tardecita de Febrero.
El descenso resultó ser aún más empinado. El inquietante efecto de la niebla sobre los cambios de pendiente nos haciar fantasear que después de cada saliente nos esperaba el abismo. Algunos piedrones se movían peligrosamente al pisarlos y no era lejana la posibilidad de pegarse flor de palo con consecuencias que mejor no imaginar.
El pedrero se volvió más suave y las pircas nos llevaron hasta la reanudación del bosque. Con tanta agua caída los arroyos bajaban cargaditos y los troncos y piedras para cruzarlos eran un jabón.
A eso de las 6 llegamos al campamento "Estero del Bosque". Las energías apenas alcanzaron para armar las carpas y meternos en las bolsas para recuperar calor. Comimos algo y decidimos no asomar un pelo hasta el día siguiente.
Y el día siguiente fue más de lo mismo, lo que nos obligó a acovacharnos 24 horas más en ese lugar. Lluvia a la mañana, lluvia al mediodía, y lluvia por la tarde. El bosque transpiraba agua; para donde mirásemos bajaba agua. Nuestras carpas quedaron virtualmente en una isla. ¡Y la humedad, maldita sea!! Todo mojado: cámaras de fotos, mochilas, ropa; lo único seco era lo que teníamos puesto. ¡Y el tornillo que hacía!! Salir de la carpa era toda una decisión y reflexionábamos largo rato sobre si era realmente necesario hacerlo. La suiza también acampaba allí con nosotros, y durante ese día y medio de estadía desfilaron por aquel reducto sólo 5 chilenos y una pareja de israelíes. ¡Qué de gente! ¿no?
¡¡¡Y por fin asomó el sol en el cerro Castillo!!! Algo incrédulos recibimos con placer los primeros rayos mañaneros y aún entumecidos por el frío rajamos de allí en busca de mejores -e insospechados- horizontes.
Seguimos un buen trecho por un bosque ascendente hasta llegar nuevamente al límite de la vegetación. A mano derecha se alzaban unos enormes paredones de roca desde donde colgaban hermosos glaciares.
Una trepadita más y aparecimos frente a la laguna Castillo, ubicada en una depresión y cerrada hacia el norte por otro gigantesco paredón. Sobre él se veían las afiladas agujas del Castillo, que precísamente lleva ese nombre por su silueta de fortaleza medieval.
Nos alejamos de la laguna y continuamos ganando altura en busca de una especie de hombro que se forma sobre el perfil oeste del cerro. Según las cartas este nuevo paso era más alto que el Peñón y naturalmente volvimos a encontrar nieve.
Desde arriba se veía la Carretera Austral, el lago General Carrera, el río Ibáñez... todo muy apasionante... pero había que bajar...
La pendiente se lanzaba en picada hacia el valle del arroyo Parada, profundo tajo orientado de norte a sur, es decir perpendicular a nuestra ruta. Todo estaba suelto y la técnica consistía en apoyar el pie y dejarnos deslizar hasta que el mismo suelo nos frenara.
Las pircas nos fueron llevando hacia el norte hasta que desaparecieron frente a un monte de lengas impenetrable. Gaby venía muy atrás y cada tanto debíamos esperarla para no terminar perdidos nosotros y perdida ella por su cuenta.
Retrocedimos hasta donde se había originado la confusión y apostamos a seguir el empinado cauce de un arroyito que nacía en las nieves de arriba y se encajonaba más abajo en el bosque. En algún punto debíamos empalmar una senda que se desplazaba paralela al arroyo Parada, y por la buenas o "por las malas" la pensábamos a encontrar.
Otra vez nos amenazaban las sombras. No había forma de que Gaby se moviera más rápido, situación que hacía peligrar nuestra llegada a algún lugar seguro para pasar la noche. "No tengo más piernas", nos gritaba cada vez que podíamos tenerla a tiro. La cosa ya olía a tragedia. Con Leandro descubrimos un hueco en el bosque donde apenas entraba una carpa. E inclinada. Era eso o contemplar las estrellas acurrucados sobre las piedras y envueltos con sobretechos y mantas.


Bien temprano continuamos bajando por el accidentado cauce del arroyo hasta encontrar la senda. Esta provenía del campamento "Neocelandés", sitio al que debimos renunciar a causa del día perdido por lluvia. Caímos a mano izquierda y seguimos perdiendo altura, esta vez sobre terreno más "suave".
La huella salió de la reserva y se entreveró en un par de estancias. El sol apretaba y una pampa interminable estiraba nuestra llegada a la villa.
Nos arrimamos a la Carretera Austral y le apuntamos al pueblo, que estaba ahí nomás, del otro lado del asfalto. Nuestra debacle física y mental nos hizo cruzar la ruta sin ganas ya de mirar para ningún lado. ¡Y qué ironía del destino si después de sobrevivir al cerro Castillo nos revoleaba un auto!
En el centro de la imagen se ve el glaciar Perito Moreno. A la izquierda de su frente se ven las aguas del lago Argentino, y a la derecha las del brazo Rico.
El enorme glaciar que pega una curva de 90º y finaliza pegado a la turbina del avión es el Pio XI o Brüggen. Detrás se extiende todo el sector norte del Hielo Continental Patagónico Sur.
Al pie de la foto se ven las aguas del golfo San Esteban. Más arriba aparece el glaciar San Quintín, y detrás de este, todo el Hielo Continental Patagónico Norte.
Aquí se ve a la laguna San Rafael y al glaciar del mismo nombre, que cae desde el Hielo Continental Patagónico Norte. Las elevaciones que se ven a la izquierda de los hielos pertenecen al macizo del San Valentín, el cerro más alto de la Patagonia Austral.
Lunes por la tarde. El "Puerto Edén" era ayudado por un remolcador para salir de Puerto Montt. En su largo viaje de cuatro días y tres noches, este buque llevaba carga, vehículos y pasajeros. Los periodistas dormiríamos en camarotes y, como el resto, comeríamos con un sistema de pensión completa.
Lunes por la tarde. Aquí navegábamos las aguas del seno de Reloncaví, a poco de zarpar de Puerto Montt. Arriba y a la derecha se ven, en primer término, el volcán Calbuco, y detrás y a su izquierda el volcán Osorno.
Martes por la tarde. El "Puerto Edén" estaba a punto de salir a mar abierto, dando comienzo a la parte más movidita del viaje. La capitanía nos mandó a todos a los camarotes. Pésima idea. Entre la vuelta a la península de Taitao y el cruce del golfo de Penas (hace honor al nombre) fueron 10 horas de pesadilla. El barco se zarandeó en todas las direcciones que pudo. "Yendo de la cama al baño", compuse. Día de "lanzamientos".
Miércoles por la mañana. Tras el candombe del golfo de Penas encontramos refugio en el canal Messier, mucho más angosto que el Moraleda y de aguas más calmas. Aquí se ve un barco varado y abandonado. Cerca de allí se cruza la Angostura Inglesa, un estrecho pasadizo lleno de bajos fondos donde solo entra un barco por vez.
Miércoles por la mañana. Imagen de Puerto Edén (igual que el barco, o al revés), única parada que realizamos en todo el viaje. El pueblo está ubicado en la isla Wellington y a orillas del canal Messier. En él viven unas 300 personas, entre ellas un grupo de indios alacalufes, etnia de navegantes que habitara esta región antes de la conquista.
Miércoles por la mañana. Nuestro barco permanecía anclado frente a Puerto Edén aguardando que termináramos la visita.
Pasamos un día entero jugando entre los bloques de hielo del glaciar Castaño Overo y practicando una caminata hasta el filo de La Motte. El lugar, créanme, tiene todos los condimentos para quedarse un par de días y respirar ambiente de montaña. Fuera y dentro del refugio.

Pero apenas aterrizamos nuevamente en Pampa Linda se produjo el obvio desenlace. Mabel y Alejandro nos comunicaron su decisión -sabia al fín- de no continuar, y de regresar esa misma tarde a la ciudad. Hablando en serio, a ninguno de los dos se los veía en condiciones físicas ni anímicas para intentar el Paso de las Nubes, si era como lo pintaban. Duró poco su compañía.
Temprano arrancamos Casi y yo hacia Paso de las Nubes. Tomamos el mismo sendero que se dirigía al arroyo Castaño Overo, y unos pasos después de cruzarlo, un cartel nos desvió hacia la derecha. Nos internamos en un bosque llano, acompañados desde la derecha por el arroyo Alerce, afluente del río Manso.
La tranquila picada se clavó a orillas del arroyo, invitando a cruzarlo como pudiéramos. En realidad no era ancho ni profundo, pero el agua estaba helada y se movía rápido. Aunque si había algo peor que meter las patas en agua helada era hundirlas después hasta las rodillas en un inmundo mallín.
Escapamos del barrial e iniciamos la trepada al paso. "¿Cómo está la senda del otro lado?", le preguntamos a una parejita que venía en sentido contrario. "Es Vietnam", respondieron desencajados. Tragamos.
Desde el paso alcanzamos a ver el valle del río Frías y, más lejos, el lago homónimo. Es decir, todo lo que aún nos faltaba caminar. A nuestra izquierda colgaba el glaciar Frías, que formaba decenas de cascadas que se precipitaban al vacío.
La resbalosa bajada nos hizo sentir como el más torpe de los Tres Chiflados. Aunque la cosa no terminaba ahí; tras cartón nos recibió un escarpado paredón de rocas cuya única solución parecía lanzarse en ala-delta.
Llegamos al llano con poca luz, diría que escalofriantemente justo. A pesar de los mosquitos armamos la carpa y preparamos la cena.

Dejamos atrás una gélida noche al pie del glaciar Frías y empacamos para continuar hacia el lago.
La picada no sufría desniveles y estaba bien marcada, de eso era imposible quejarse, pero el caos de árboles caídos la transformaba en una pista con obstáculos. Y no se caían arbolitos de mierda; se caían de esos que estaban antes de que Dios creara al mundo. Eran de metro a metro y medio de diámetro mas o menos. Al principio se nos ocurrió rodearlos saliendo de la huella y metiéndonos entre densos cañaverales. Nefasta idea; a los dos pasos quedábamos encerrados y perdíamos el rumbo. Urgía una decisión: o saltábamos los troncos como carajo fuera, o le dejábamos de regalo a la comisión de rescate dos mochileros ensartados con sendas cañas colihue y con un gesto final de locura.
La tarea de sortear troncos nos hacía perder tiempo. En algunos casos había que quitarse las mochilas para pasarlos por debajo cuerpo a tierra. Tuve varios déjà vu con la instrucción de mi querida colimba. Para colmo, nos quitábamos de encima un árbol y venía un mallín; pasábamos el mallín y venía otro árbol. Menos mal que a algún cerebro iluminado se le ocurrió colocar maderitas para poder caminar sobre el fango. Selva valdiviana le dicen a este tipo de regiones donde llueve poco menos que todos los días.
Cruzamos por arriba de un tronco el río Frías y la selva dejo paso a un bosque abierto y más seco. Al toque llegamos al puerto del mismo nombre donde, por ser paso fronterizo, funcionaban Gendarmería y Aduana. Desde allí iniciaríamos nuestro regreso con bombos y platillos a Bariloche. Con mucho orgullo a cuestas. Y mucho barro.
El R. I. M. 26 era -no sé ahora- una casucha de chapa de unos tres metros por siete, piso de cemento, y un par de camas marineras. Infinidad de leyendas aparecían escritas a mano en las paredes de madera del interior. Entre ellas se podía leer una frase de Alfredo Barragán, el capitán de aquella balsa de troncos que cruzara el Atlántico y que decía: "Que el hombre sepa que el hombre puede"; nada mas acorde a nuestro sentir en ese momento.
La cuestión es que allí pasaríamos la noche. Extraño dormitorio este a 2500 metros sobre el nivel del mar y colgado de un freezer. ¿Qué se veía desde esa altura? Todo. El lago Tromen, las sierras de Mamuil Malal y, subiendo un poco más, los volcanes chilenos Villarrica, Quetrupillán y el lejano Llaima.
Entre la excitación y el descanso la tarde se fue diluyendo. Analía y yo fuimos a buscar nieve para fabricar agua y poder cocinar. Claudia y Casi aceptaron el desafío que significaba hacer reír a Gaby, quien a esa altura ya se había ganado el mote de "Pulgoso", el famoso perro gruñón de la tira de dibujos animados.
El descenso, al mediodía siguiente, se tornó igualmente complicado e iba a asestarle el golpe de gracia al futuro del grupo. El hecho de ir perdiendo altura no mejoraba la situación de Gabriela, sino por el contrario, cada derrape en la piedra suelta la dejaba con el culo aplastado contra el piso y cada vez mas cerca de las lágrimas. Por si esto fuera poca cosa le pifiamos a la senda principal y desembocamos en un largo y empinado tobogán de nieve.
No había tiempo, ganas, ni fuerza mental para rastrear la verdadera ruta. Decidimos montarnos sobre el planchón helado y bajar con cautela. Sabíamos que se nos congelarían desde el talón hasta los dedos, pero al menos el camino estaba despejado y se veía la espina de pescado, al final de todo.
Detrás nuestro aparecieron unos militares que habían caído al refugio esa misma mañana. Los tipos ya habían hecho cumbre y bajaban a los pedos por la nieve. Ofrecieron ayuda. No nos negamos. La asistencia incluía préstamo de piquetas más apoyo moral y psicológico. Gaby directamente usó de piqueta al jefe del grupo. Ya a estas alturas la aterrorizaba tanto dar un paso como quedarse quieta. Nuestra ciclotímica expedición ya tenía todos los ingredientes, rescate en la nieve incluido.
Con un par de fotos nos despedimos del batallón y emprendimos el tramo mas duro, no por lo difícil sino por los sentimientos de culpa y de incertidumbre que nos asaltaron. Casi y yo veníamos en silencio. Analía y Claudia, en cambio, le cantaban canciones a Gaby como una manera de hacerle llevaderas sus penurias.
Llegamos al bosque de noche. La "hoja de ruta" decía que al otro día debíamos cruzar hacia el lago Paimún, pero no era el momento de discutirlo. Seguramente el sueño nos iba a hacer reflexionar a todos.
El desayuno produjo un sinceramiento general y nos hizo delinear un cuadro de situación bien concreto. Había algo seguro: Gaby no iba más. En esas condiciones solo podría trasladarse hacia el Paimún en helicóptero... y sin mirar para abajo! Punto número dos: mi espalda se había vuelto a resentir feo de una lesión y necesitaba descanso. Y para finalizar, el broche de oro lo puso Analía, acusándolo Casimiro de autoritario. Coincidimos en que lo mejor para la salud del grupo era volver a San Martín de los Andes y rediseñar el viaje.
Desarmamos todo, y como vagabundos sin fe ni esperanza nos acercamos a la ruta para de algún modo tramitar la precipitada vuelta.
Tuvimos suerte. Un micro que entraba desde Chile aceptó cargarnos y nos devolvió a la ciudad, que en este caso y paradojicamente, fue sinónimo de tranquilidad. ¿Lo de Bariloche? Algo hicimos, pero aquella travesía larga quedó para algún otro viaje.


Al día siguiente, una fina lluvia hizo que partiéramos recién después del mediodía. Antes de arrancar, uno de los encargados nos había explicado sobre una secuencia de fotos la ruta de la travesía. Con las queridas mochilas nuevamente al hombro enfilamos hacia la pendiente que se levantaba detrás del refugio.
En una hora de marcha desembocamos en "La Hoya", una pequeña laguna que se veía obturada por un colchón de nieve. El cielo se mantenía en gran parte nublado y el aire permanecía calmo. El lugar era hermoso pero debíamos seguir trepando, aún faltaba un trecho para la cima.
Seguimos escalando hasta ubicarnos en la base del Pico Negro, que formaba parte de la cresta del López. "Allí está el paso hacia el valle opuesto", nos había dicho el refugiero. Al llegar intentamos asomarnos hacia el otro lado pero un viento feroz nos hizo escapar aterrados.
Volvimos a arrimarnos. Las nubes impedían ver más allá de los 10 ó 15 metros. Todo era blanco, hostil y ensordecedor. Hugo me hablaba pero yo no lo escuchaba. Yo le gritaba pero era inútil. La capucha de los rompevientos agitada por las ráfagas nos enloquecía. Volvimos a recular. En esas condiciones se hacía difícil seguir. El reloj tampoco jugaba a favor nuestro.
El cielo nos hizo un guiño y nos permitió ver entre las nubes el col formado detrás del cerro Bailey Willis. A la derecha, detrás de un largo filo paralelo a nuestra ruta, se veía parte del brazo Tristeza del Nahuel Huapi. Lo empujé a Hugo a bajar. Confiaba que al caer al valle esa atmósfera endemoniada se aplacaría.
El descenso fue insostenible. La pendiente era pronunciada y todo estaba suelto. Piedras chicas y cascotes grandes. Por momentos bajábamos haciendo "skate" sobre las lajas. Las plantas de mis pies comenzaban a escribir el principio de un penoso final.
La lluvia caía y no caía. El valle visto de arriba parecía pequeño; al llegar abajo dió la sensación de interminable. Desde la derecha nos escoltaba el filo del Tristeza y desde la izquierda nos vigilaban unos siniestros paredones de roca negra. Mirábamos hacia atrás y se nos paraban hasta los pelos del culo al ver la pared que acabábamos de destrepar. Avanzábamos por una pampita mallinosa y llena de arbustos que formaba parte del alto valle del arroyo Goye. La soledad aquí tenía nombre, apellido y personalidad arrrasadora.
Cambiamos nuevamente por piedra la zona de arbustos y comenzamos a subir. El dichoso col parecía inalcanzable. La trepada era suave y el terreno mas firme. Atravesamos una joroba de hielo tallando escaloncitos a fuerza de puntapiés.
Detrás del col las vistas eran apasionantes. Debajo nuestro se extendía una terraza congelada y más atrás la montaña caía hacia el valle del arroyo Lluvuco. También se veía la laguna CAB. El Tronador estaba oculto detrás de un festival de nubes negras y tormentosas. Me preguntaba si habíamos hecho lo correcto en salir con ese día. El cielo estaba a punto de explotar.
Sin perder altura torcimos hacia la izquierda. Debíamos bordear al Bailey Willis por detrás y meternos por entre este último y el cerro Negro.
Era tarde. Las ampollas de mis pies todavía podían aguantar un poco mas. Nos asomamos por un filo y sentimos placer y terror al mismo tiempo. Placer, al ver por fin el refugio allá abajo junto a la laguna; terror, al advertir que no podíamos bajar a causa de un empinado nevero que revestía gran parte de esa especie de anfiteatro. "¡¡La laguna Negra y la puta que lo parió!!", retumbó en la montaña.
El tobogán de hielo estaba tentador, pero ¿quién nos garantizaba aterrizar de una sola pieza? Pensamos. Por la izquierda el rodeo era muy largo y con piedra suelta. Analizamos la opción diestra. El nevero se recortaba mas cerca nuestro pero para bordearlo debíamos volver a subir por el filo. No teníamos alternativa.
La bajada terminó por reventar mis ampollas y me sumergió en un tranco lento y doloroso. Hugo con mi aprobación se adelantó y se convirtió en un punto cada vez mas lejano. Tal vez nos separamos pensando que lo que restaba era un simple trámite. Iluso de mi.
Penosamente me acerqué a la orilla. Enfrente se veía el refugio Segré. Para seguir debía cruzar el arroyo que nacía en el nevero del fondo y mandarme por la costa norte. Metí las patas en el agua con zapatos y todo y empecé casi a correr.
La orilla era empinada y tenía varios tramos nevados. Le dí gas. Pisé la primera mancha de nieve y vi venir a una persona en dirección contraria. Era uno de los refugieros, puesto en alerta por Hugo al ver que yo no aparecía. Ya no se veía un carajo. El tipo tomó mi mochila para sacarme peso del cuerpo.
Llegamos de noche. Las plantas de mis pies ya eran carne viva.

Por la noche soportamos una feroz tormenta y al mediodía siguiente decidimos bajar a Colonia Suiza. Intuía que mi paso sería como el de una gallina embarazada. No pretendía que Hugo caminara a la par mía; estuve de acuerdo en que tomara la delantera ya que el descenso carecía de peligro.

La picada se lanzó en forma de caracol hacia un estrecho valle. Mi andar era tortuoso. Algunas partes de mis pies aún estaban sanas y eran las que trataba de apoyar en cada paso. Ardua tarea.
Me sumergí en un hermoso bosque. La senda se hizo plana y en ningun momento se apartaba del arroyo Goye. La caminata era agradable pero se hacía eterna. Lo tomé con filosofía. Pensé que si existía un record de tiempo para la bajada, yo estaba consiguiendo la marca opuesta.
El camino fue apartándome del río y me llevó por la periferia de una propiedad privada. Por momentos volví a trepar para luego bajar de golpe hacia la ruta. Mi reloj señalaba las 7 de la tarde. Mis pies no daban más. Todavía tenía por delante mi regreso a Bariloche ¡¡Qué buen negocio sería poner aquí una parada de taxis!!
Hasta el poblado de Peulla me esperaban poco más de 20 kilómetros que por lo que fui observando se presentarían planos. Disfruté como loco de ese paisaje de selva valdiviana. El cielo al fin decidió despejarse con lo cual los tábanos comenzaron su faena. La cosa se me planteó grave; si difícil ya es soportarlos teniendo las manos libres para espantarlos, se convertía en tarea imposible -y riesgosa- ahuyentarlos con las dos extremidades aferradas al manubrio.
Llegué casi sin esfuerzo a Peulla y me arrimé al embarcadero a esperar la zarpada.
El primer poblado después del lago era Ensenada, a partir del cual tomé una placentera ruta de asfalto que se dirigía hacia Ralún. Desde atrás me vigilaba el inmenso volcán Osorno y desde la derecha el Calbuco. Pero la felicidad, dicen, son solo momentos. La cinta asfáltica comenzó a corcovear y yo a putear.
Presentí mi llegada a Ralún al ver a lo lejos la lengua oceánica del estuario de Reloncaví. Bien al fondo descubrí al volcán Yate, que se levanta a espaldas de la aldea de Puelo.
El camino se aferró definitivamente al mar y comenzó a copiar la sinuosa orilla. El entorno me pareció estupendo. La selva caía a pique sobre las turquesas aguas del Pacífico y los sectores de cornisa eran pura adrenalina. Pese a transitar junto a la costa, la ruta subía y bajaba como en cualquier camino de montaña que se precie. Los malditos ingenieros que la diseñaron no pensaron para nada en los futuros ciclistas.
Cerca de las seis de la tarde y después de recorrer ese día más de 50 kilómetros arribé al pintoresco pueblo de Cochamó.
Los 30 kilómetros que me separaban de mi próximo objetivo, Puelo, mostraban el mismo aspecto que el segmento anterior. A esta altura ya casi había aprendido a buscar la mejor huella para la bicicleta observando las que dejaban los autos. Las bajadas, si bien tentadoras, escondían cierto peligro a causa de los cascotes sueltos que pululaban por toda la calzada. Mas peligrosas aún se volvían si el final se remataba con algún angosto y precario puente de madera con un zanjón debajo. Literalmente había que embocarla a la bicicleta. Me causaban mucha gracia las piedras que, pellizcadas por las cubiertas, salían despedidas hacia los costados como proyectiles. "Piiinnnnnn…", se escuchaba cada tanto. Rogaba que el curioso fenómeno no ocurriese delante de un paisano porque podía llegar a arrancarle un ojo al pobre infelíz.
La gente del lugar me dedicaba cordiales saludos a mi paso; no así algunos perros, quienes aburridos de tanta monotonía me salían ruidosos al cruce amenazando mordisquear algún pedazo de rueda... o de pierna. Los tábanos al salir el sol continuaron con su plan de hostigamiento. Nunca supe si la veintena que me perseguía era la misma de Peulla o venían haciendo carrera de postas, los muy malditos.
Llegué a Puelo. La villa se encontraba al otro lado del río homónimo pero faltaba un detalle: el puente. Existía una pequeña balsa de chapa que cruzaba a los pocos vehículos que osaban aventurarse hacia el pueblo. Los seres humanos de a pié -o en bicicleta- podían hacerse cruzar por una decena de boteros que esperaban en ambas riberas cual taxistas en una parada.
Me instalé en Puelo Alto, y por la tarde me fui descargado hasta el lago Tagua Tagua, a 12 kilómetros de allí. La bici al rodar sin peso volaba.
Al llegar a una pequeña cornisa tuve que suspender la marcha. La base del camino estaba inundada de bloques de piedra de tamaños que iban desde el de una pelota de fútbol hasta el de un lavarropas. Acababan de volar un pedazo de pared. Observé más adelante a un grupo de militares ocupados en la construcción de la ruta. Apoyé la bicicleta en el suelo y salí a caminar hacia ellos por arriba de los escombros.
Mientras esperábamos que se efectuase otra detonación, le pregunté al jefe de la cuadrilla si era posible pedalear mas allá del Tagua Tagua para regresar a Argentina vía lago Puelo. "¿Con la bici cargada?", repreguntó desconfiado mirando a mi rodado que había quedado unos 100 metros detrás. "Mmm... lo veo dificil", agregó con una sonrisa inquietante y mordaz.
Continué a pie hasta el lago. "La senda a Argentina no es mala, pero va a tener que cargar la bicicleta al hombro hartas veces, pues", me confirmó una pobladora en forma lapidaria. "Hay muchos cruces de arroyos", concluyó. Por un instante me imaginé arrastrando la bicicleta cortejado por cientos de tábanos. La escena me levantó fiebre.
Me acerqué a la orilla del lago y antes de pegar la vuelta me despedí de esa imagen con un hasta pronto. Con ó sin bici sabía que en algún momento por allí me iba a meter.

Pasamos la noche en el extremo sur del lago Las Rocas, a metros del Inferior y del retén de Carabineros.
La picada a partir de aquí fue llevándonos a través de la costa oriental del primero. Este espejo alberga a una pequeña isla que, según nos confiaron, es propiedad de una solitaria francesa llamada Françoise. Muchas son las historias que se tejen en torno a esta mujer, sobre todo si emanan de las afiebradas mentes masculinas.
Un feroz aguacero nos pescó unos mil metros antes de llegar a la cabecera sur del lago Azul. Nuestro aspecto lamentable llevó al poblador Miguel Gallardo a darnos asilo en su casa.
Gallardo, junto a su esposa Miroslava, vivía de la tierra y de la cría de animales. Su único contacto con el mundo era una vieja radio que apenas sintonizaba alguna emisora de Puerto Montt. "Fui una sola vez en mi vida", confesó la mujer al preguntarle si conocía a esta no tan lejana ciudad. Descubrimos que el grado de aislamiento era enorme; todo era de a pie o a caballo.
La ropa mojada fue a parar arriba de la cocina económica y nosotros, casi en bolas, terminamos "deleitando" al matrimonio con un recital de rock nacional, ayudados por una guitarra desafinada que colgaba de una pared.
Para llegar del lago Azul al Blanco debimos trepar un cordón bautizado como "La Cordillerita". "¿No era todo en bajada?", volvió a preguntar el mismo de antes. El entorno ofrecía en dósis parejas espesas selvas y bucólicas praderas. Los fundos privados eran antecedidos por tranqueras deliberadamente inclinadas para que quedaran cerradas por su propio peso. Un vecino del lago Totoral -Günther- abasteció nuestras mochilas con pan y queso caseros. Entusiasmada por el encuentro, su pequeña hija Glenda quería que compartiéramos esa noche con ellos.
Pasamos de largo Llanada Grande y, después de soportar otro chaparrón, aterrizamos en lo del poblador Néstor Diocares. Su chacra estaba ubicada sobre un faldeo y allí pasaba sus días en compañía de su esposa y de sus dos hijos, Víctor y Priscila. "Una vez me prestaron un televisor para seguir a Chile durante el mundial de Francia", nos contó Néstor, agregando que la imagen era tan mala que no lograba distinguir las camisetas.
Le preguntamos si esa noche era posible comer cordero. Luego de pensarlo un rato manoteó el lazo y se mandó con su hijito en busca de alguna pobre oveja. Mientras carneaban al desdichado animal, el pichicho de la familia nos miraba de reojo y preocupado. "Espero que a estos seis no se les antoje carne de perro mañana", estaría pensando.

El valle se volvía ancho y plano. Un trecho más adelante el Puelo recibía las aguas del río Manso y lo cruzamos gracias a la ayuda de un botero. La idea de regresar a Argentina a través del valle de este último quedó descartada. Entre ampollas y dolores musculares el estado de nuestros miembros inferiores era deplorable.
A partir de allí continuamos la marcha por un camino de autos que, según dicen, llegaría en un futuro hasta Llanada Grande.
El último lago del valle era el Tagua Tagua, sobre el cual navegaba un modesto transbordador capaz de cargarse autos, camiones, seres humanos y ganado. Casi al anochecer lo abordamos.
Por la mañana, una chata nos recogió en el extremo norte del lago y recorrimos los 12 kilómetros que nos separaban del poblado de Puelo. Como un aluvión, vinieron a mi mente las imágenes de aquel viaje en bicicleta hecho por estos mismo pagos un par de veranos atrás. No pude evitar un pequeño cosquilleo. Aquella premonición que me asaltó a orillas del Tagua Tagua era ya una realidad.
La lluviosa noche nos vió acampando en el paraje fronterizo de El León, en los fondos de la casa del poblador Delgado. La gente, en general, era muy hospitalaria y casi todos vendían productos caseros. El perro, que seguía sin despegarse de nosotros, durmió junto a la carpa y cada vez que entrábamos a algún lugar cerrado permanecía obediente en la puerta.
Corrimos la hora de salida para después del almuerzo ya que queríamos echarle un vistazo a los alrededores. Nuestra tentación tenía nombre y apellido: Etelvina Bahamonde, o mejor dicho su propiedad, a la que un hito fronterizo instalado en pleno jardín dejaba mitad en Argentina y mitad en Chile.
La curiosa atracción se hallaba al otro lado del encajonado río pero, ¡oh, caramba!, no había puente. Para cruzarlo debíamos subirnos a una especie de canastita-cablecarril para dos, suspendida a unos 15 metros de la superficie del agua e impulsada por una palanca de hierro. ¡¡Y nosotros éramos tres!! El curioso aparato no funcionaba sin un cristiano arriba, de manera que debíamos cruzar dos y volver uno a buscar al tercero. ¡¡Y que no se cayera al agua la palanca porque había que llamar a los bomberos!!
Mientras nos entreteníamos con la acrobática operación se produjo el hecho mas conmovedor del viaje. El perro, al observar que nos mudábamos a la orilla opuesta sin él, se lanzó barranca abajo entre las cañas y con gran decisión se largó a cruzar el río a pesar de la corriente. Jamás entendimos el por qué de semejante acto de fidelidad.

Continuamos peregrinando cordillera abajo. No hace falta aclarar que al regresar de los Bahamonde nuestra mascota volvió a cruzar a nado el río. El valle, entretanto, se hacía muy estrecho y el Manso se encajonaba entre oscuros paredones de roca y selva impenetrable.
La senda comenzó a probar nuestra fortaleza física y mental. Los arroyos que interrumpían la huella se deslizaban sobre los profundos tajos de la ladera, lo que significaba bajar y subir todo el tiempo, maldita sea. Las bajadas eran igualmente penosas haciéndonos celebrar el haber llevado los bastones. Por suerte cada tanto atravesábamos alguna que otra pradera de altura, que se convertían en el remanso ideal para recuperar el aliento.
Los ríos tributarios del Manso eran los puntos de referencia más notables para determinar nuestra posición. La experiencia nos aconsejaba no tomar al pie de la letra el cálculo de los lugareños sobre las horas de marcha en relación a las distancias. Ellos se desplazaban en su mayoría a caballo y la velocidad de estos animales es sensiblemente superior a la de un ser humano penando con 15 o 20 kilos en la espalda. "¿Al río Steffen? Y... serán dos o tres horas", estimó uno al pasar cuando en realidad faltaba un día entero. Nos acordamos de la madre del paisano, y de la hermana, si es que tenía.
El perro seguía a nuestro lado y en matería gastronómica no le hacía asco a nada. Si no fuese este un relato de trekking hablaría de su curioso comportamiento y de lo que era capaz de hacer por nosotros. ¡¡Si hasta corrió a mordiscones en el culo a unas vacas que nos bloqueaban la huella!!

Bien pasado el río Steffen la ruta se presentó en franco descenso. Y era hora de que así fuera. La picada nos dejó a nivel del río y cerca de su orilla. El valle se volvió amplio y plano. Un almacén, que junto a un puñado de casas se levantaba al inicio de un camino de autos, nos dió la bienvenida a la sociedad de consumo.
La nueva ruta nos guió hasta la confluencia del Manso con el Puelo, y para mí ya era terreno conocido. Un ejército de obreros trabajaban en la construcción de un importante puente sobre el primero. Comprendí que la ruta a Llanada Grande era todo un hecho. Seguimos caminando en busca de la cabecera sur del lago Tagua Tagua. En el extremo norte trataríamos de conseguir algún vehículo que nos llevara hasta Puelo Bajo, y mas tarde intentaríamos subir hasta Puerto Montt.
"¡¡Es 'el Moreno'!!", reaccionó sorprendido uno de los militares destinados en la zona del lago al vernos aparecer junto al perro. Su versión de la historia decía que el popular animal había partido hacía algunos años detrás de un mochilero, abandonando a su antiguo dueño. Le pedimos que al marcharnos se encargara de él.

Embarcamos. El transbordador se apartaba lentamente de la costa y nuestros ojos se humedecían de tristeza al ver como nuestro fiel compañero luchaba por escapar del lazo que lo sujetaba para que no se arrojara al agua. Inesperado desenlace para una travesía en la montaña. Curioso final para una historia que bien podía haberse titulado "La leyenda de El Moreno".





Muchas veces, amigos y conocidos, intrigados por mis aventuras patagónicas, me interrogan sobre los peligros de la fauna autóctona, a los que les respondo que tales peligros no existen. No hay serpientes, no hay arañas venenosas, no hay insectos transmisores de enfermedades, y la escasa fauna huye -y con justa razón- ante el paso del hombre. Los únicos que rompen los huevos y con ganas son los insoportables tábanos.
¡¡Están en toda la Patagonia, los muy malditos!! Los hay chilenos y argentinos. La variedad nacional es como una abeja pero con rayas grises y negras. Los de fabricación trasandina asustan; son el doble de tamaño de los nuestros y lucen un color negro lustroso con manchitas amarillas. Parecen aceitunas negras con alas y aguijón. De todas maneras no hay que confiarse, estos mierdas se ríen de los controles fronterizos y cada tanto se cruzan a uno u otro lado de la cordillera sin siquiera actualizar el pasaporte.
Nadie sabe mucho acerca de los tábanos pero hay algo seguro y lo he comprobado yo mismo: entre fines de Diciembre y fines de Enero te violan. En lo que a mi respecta no me agarran mas. Salvo causa de fuerza mayor la Patagonia jamás me verá el pelo durante esta época del calendario.
Es bueno saber que para esta especie del demonio las variables climáticas influyen bastante en su comportamiento. El viento, el frío y la lluvia los ahuyentan; pero si hay sol y hace calor... ¡¡¡prepárense para la guerra!!!
Matarlos es tarea sencilla pero requiere rapidez y decisión. Si bien son mas pesados que moscas y mosquitos cuando de escaparle al manotazo se trata, tampoco son tan giles como para quedarse a esperarlo. Para mi gusto, el método mas limpio es aplicarles una palmada corta y seca, dejar que caigan al suelo, y una vez allí saltarles encima. Y es importante pisarlos porque los tábanos, contrariamente a lo que parece, casi siempre caen vivos y tras recuperarse del aturdimiento levantan vuelo y vuelven otra vez a romper las pelotas. La palmada demasiado violenta, en cambio, constituye un método bastante sucio; los tábanos, sin duda, fallecerán en el acto, pero nos quedarán como un huevo frito sobre la piel ó la ropa y el juguito pegado en toda la mano.
Hay otros métodos de exterminio pero no me animo a divulgarlos. Horrorizaría por igual a ecologistas y genocidas.
Al mediodía siguiente se largó la segunda etapa. Una tenue brisa de popa desempolvó a los spinnakers y le aportó color a la regata. Aunque fue una ilusión pasajera; con el correr de los minutos la calma chicha se apoderó de la flota y nos sumergió en una siesta.
Navegar entre montañas permitía apreciar fenómenos curiosos, como ver que un velero situado a solo 500 metros avanzaba y el nuestro no. A veces se daba a la inversa y éramos nosotros quienes le hacíamos pito catalán al resto. Paranoia era la palabra exacta para definir nuestro estado. Prendíamos cigarrillos y espirales para detectarle una mínima dirección al viento. Subíamos spinnaker, bajábamos vela de proa. Subíamos vela de proa, bajábamos spinnaker. La mayor se paseaba de una banda a la otra.
Para combatir el aburrimiento y la sed, a los chicos se les dió por tomar cerveza. Gran idea. El voluntario que bajaba a buscarlas al camarote era cagado infalíblemente a pedos por el resto, ya que para no desestabilizar al barco debía extraerlas del refrigerador como si estuviese desactivando una bomba o jugando al jenga.
A la altura del corredor que separa a la isla Victoria de la península de Quetrihué recibimos una brisita salvadora del norte que nos llevó haciendo bordes hasta el paradisíaco Cumelén. El barco entró quinto, nosotros para el manicomio.
Después de disputarse de los dos triángulos olímpicos, el domingo al mediodía se entregaron los premios. El ganador fue un barco de Cumelén. El "Jaque Mate" salió segundo. Me puse contento, aunque estaba bien seguro de que no había sido precísamente por mi penosa actuación.
De a poco nos fuimos desconcentrando. Los del country retornaron a sus modestos "ranchitos" y a sus estresantes partidos de golf. Yo me embarqué en el "Aprendíz", el barco de Carlitos, el papá de mis primos.
La vuelta fue divertida. Nos abarlovamos (atamos con cabos) al "Lucero del Alba" y a motor comenzamos a desandar juntos el extenso derrotero de las dos jornadas anteriores. El extraño catamarán se transformó en una especie de comedor y bar flotantes donde reinaba la buena onda y la distensión. Palabra, esta última, echada de menos durante ese largo y desopilante fin de semana náutico.